La idea de Antigua Grecia en imágenes sirve como complemento a la publicación de De Minos a Cleopatra (pronto en Amazon, disponible en stock de la editorial), y consiste en realizar con la ayuda de la IA un conjunto de imágenes extremadamente rigurosas (hasta el punto que se puede) de los momentos más importantes, curiosos o mejor documentas de la historia de la Antigua Grecia, desde el mundo minoico hasta el final de la Grecia Helenística.
La idea es hacer de 30-32 imágenes cuidadosamente seleccionadas, generarlas con la máxima precisión histórica posible (combinando mis conocimientos con los de la IA) y sabiendo siempre que acercarse al 100% a la realidad es imposible, pero con lo que debemos intentar aproximarnos al máximo. Los resultados son excelentes, y con un comentario extenso a cada imagen me dedico a contextualizar la imagen en su momento histórico y lugar, y destacar aquello que es absolutamente riguroso e histórico, lo que es plausible, y lo que es más hipotético o figurado.
Mi deseo sería publicarlo como un libro de formato grande, quizás A4, para que las imágenes no pierdan espectacularidad, y si es posible en tapa gruesa, para proteger el contenido de forma más eficaz. Aun así, dado que se trata de un complemento a De Minos a Cleopatra, consideraría publicarlo muy barato, para que ofreciese un beneficio mínimo (evidentemente no puedo aceptar pérdidas) y aún así mantuviese una calidad de contenido excelente. El precio dependerá de lo que cueste realizar cada copia, pero espero que oscile entre los 12-15 euros.
Acompaño esta entrada con una de las treinta imágenes con el comentario adjunto, para que entendáis mejor cuál será el contenido de Antigua Grecia visual.

LA BATALLA DE LEUCTRA, EL INICIO DEL FINAL DE ESPARTA (371 a. C.)
La imagen no representa la batalla de Leuctra, sino los instantes posteriores. Los beocios, bajo el liderazgo de Tebas, han ganado la batalla a los espartanos, y erigen un tropaion en el campo de batalla para conmemorar su éxito (Jenofonte, Helénicas. Libro VI, cap. 4, 4-15). El tropaion (τρόπαιον), de donde procede nuestra palabra “trofeo”, viene a indicar el lugar donde el enemigo inició la retirada, y se erigían por los vencedoras con un significado conmemorativo y religioso de la victoria militar. Normalmente se utilizaban unos postes para colocar armamento de los derrotados, que habían dejado en el terreno durante su huida: armaduras, cascos, escudos, espadas, solían ser los objetos recuperados, como podemos ver en la imagen. En ella, los espartanos ya han huido o yacen muertos en el terreno, y los beocios recuperan el aliento o tratan a sus heridos. Epaminondas y Pelópidas, en pie, dominantes, observando la elevación del trofeo, saborean el gusto de la victoria.
¿Pero como se llegó a esta lucha encarnizada, que costó a Esparta su hegemonía en la Hélade? La polis laconia venía siendo la principal potencia militar de Grecia desde la derrota de Atenas en la Guerra del Peloponeso (431-404 a. C.). El resultado de aquel conflicto, y la extrema debilidad de Atenas en adelante, amén de la desintegración de su imperio marítimo, supuso que toda Grecia quedó bajo la tutela de la liga del Peloponeso (liderada por Esparta), que pronto se mostró incapaz de controlar el territorio e imponer el mínimo orden entre los belicosos griegos. Esparta quería recuperar su imagen hegemónica y superior militarmente de antes de las Guerras Médicas, momento en que la perdió en favor de Atenas, pero las cosas habían cambiado mucho. Los espartanos eran incapaces de controlar Grecia (que incluía muchas poleis de Asia Menor y en el mar). Los persas incomodaban en Anatolia, los macedonios, en el norte, mantenían enfrentamientos con los tebanos, innumerables conflictos surgían en el Egeo y otras regiones como consecuencia de la caída de Atenas. Esparta, débil demográfica y económicamente, encontraba muchos problemas para hacerse valer.
Esparta siempre favoreció los regímenes aristocráticos en otras poleis, mientras ellos se gobernaban también por una especie de oligarquía (gerusía) presidida por dos reyes (diarquía). Esparta combatía a las poleis que se erigían como democracias, para mantener un control más estrecho del territorio, pero este afán de Esparta levantó tensiones con sus aliados de la Liga del Peloponeso, que temían que los lacedemonios aspirasen a un control absoluto de Grecia, como antes había hecho Atenas. Ahí empezó el conflicto con Tebas, que empezó a dar apoyo a Atenas en su reconstrucción, y en 379 a. C., la segunda confederación beocia, liderada por Tebas, adquirió un aire democrático que Esparta no podía tolerar.
Detallamos mejor esta época, muy confusa, en De Minos a Cleopatra. La cuestión es que, finalmente, Tebas y Esparta iniciaron hostilidades: los tebanos para derrumbar el poder espartano; los laconios para meter a Tebas en cintura. Finalmente, después de varios choques, la batalla definitiva se produjo en Leuctra (Beocia), donde los tebanos, liderados por el genio de Epaminondas, infligieron una derrota definitiva a Esparta. Murieron tantos ciudadanos espartanos (que eran básicamente los combatientes de la ciudad) que Esparta ya no se recuperó. Ahí comenzaba la hegemonía de Tebas, que duró hasta que Filipo II sometió Grecia a la Liga de Corinto (tras la batalla de Queronea, 338 a. C.)
LOCALIZACIÓN
El día se consume en sus últimos minutos en Leuctra. Se trata de una localidad del entorno de la polis de Tespias, en Beocia, compuesta por llanuras interrumpidas por colinas, cercana al macizo montañoso de Helicón. La imagen trata de representar el entorno árido, quizás de forma exagerada, pues era un espacio de cultivos, pero no debía distar mucho de ese aspecto en pleno verano. La reconstrucción panorámica es muy verosímil en su conjunto.
Cleómbroto I, rey espartano, había atravesado Beocia por una ruta inesperada: cruzó la región de Tisbe, tomó el puerto tebano de Creusis y ascendió después hacia Leuctra. Los dos ejércitos acamparon en colinas frente a frente, separados por una llanura adecuada para el despliegue de caballería y falanges. Los líderes de los ejércitos, Cleombroto y Epaminondas, entraron en parlamentos al día siguiente.
Esparta quería forzar a Tebas a la disolución de la liga Beocia, que los convertía en un rival de mucha envergadura, a lo que los tebanos se resistían. La liga era la garantía del dominio de la región por Tebas, y aceptar su final convertiría a los tebanos, nuevamente, en una comparsa de Esparta, que en los años anteriores habían dominado su ciudad. Aceptar habría supuesto, seguramente, la caída en desgracia de los militares tebanos, el exilio y la deshonra, por lo que Epaminondas y los suyos se negaron rotundamente a aceptar los términos de Esparta, pues preferían la muerte a la humillación. Solo quedaba luchar.
LA BATALLA
Conocemos la batalla de Leuctra por la pluma de Jenofonte (Helénicas. Libro VI, cap. 4, 4-15), Diodoro Sículo (Biblioteca histórica, XV. 50-56), Plutarco (Vidas paralelas, Pelópidas, 20-23), Pausanias (Descripción de Grecia, IX. 13.3-12) y testimonios secundarios de Cornelio Nepote (Vida de Epaminondas), Polieno (Estratagemas) y Frontino (Estratagemas). De estos textos extraemos que durante la batalla, la caballería tebana se impuso primero a la espartana, y después los tebanos concentraron sus mayores fuerzas contra el ala derecha espartana, donde estaba la élite de su falange y su rey, Cleómbroto. En esa lucha encarnizada fue muerto el rey, golpe decisivo contra los laconios, muchos de los que emprendieron la retirada. Parece que la táctica de Epaminondas de concentrar una fuerza específica en un punto crucial del ejército espartano desarticuló su resistencia y provocó el hundimiento de aquellos. Plutarco indicó, siglos después, que los espartanos maniobraron para recuperar el ala, pero el golpe definitivo del Batallón Sagrado (falange de élite tebana liderada por Pelópidas) frustró el intento.
Los números de combatientes y muertos, como suele ocurrir, no son de fiar por su sobredimensión. No debemos creer cifras mayores de varios miles de soldados en el campo de batalla, y unos pocos cientos de muertos.
EL TROFEO
A continuación, los vencedores iniciaron el levantamiento de un trofeo que conmemorase la retirada espartana y el éxito de los beocios. La palabra trope (τροπή) griega significa vuelta o fuga, de ahí proviene el término tropaion (τρόπαιον). El trofeo guarda el simbolismo de la batalla ganada, que se efectúa con los despojos del ejército enemigo. Además de ser un hito en medio del campo, es una ofrenda a los dioses agradeciéndoles la victoria. El trofeo de nuestra imagen es quizás algo idílico, para permitir mejor la identificación del acto, pero tampoco es en exceso extraño. Quizás, en un primer momento, habría sido más tosco y provisional, pero la propuesta no es inverosímil. Aquí vemos como en el travesaño colocan una coraza abollada y un casco con rasgos de deterioro, seguramente de un oficial espartano por lo llamativo de su conjunto, y uno de los soldados levanta un aspis (escudo) laconio para añadir al conjunto, que exhibe la letra lambda (λάμβδα) lacedemonia (λ), que viene a ser una L. Al pie del trofeo ubican otros restos de la batalla, armas, grebas, etc.
LA PANOPLIA DE LOS SOLDADOS
En la imagen apreciamos el siguiente equipo de los soldados: escudos circulares, lanzas, cascos (de bronce), corazas, grebas, espadas y quitones (túnica ligera de lino o lana usada como ropa interior o exterior), que venía a definir en grandes líneas la panoplia hoplítica. El aspis (ἀσπίς, escudo circular) medía unos 80 centímetros de diámetro, y se sostenía mediante un brazal y empuñadura interior. La lanza, el dory (δόρυ), medía entre 2 y 3 metros; el xiphos (ξίφος) o kopis (κοπίς), espadas cortas de bronce.
La reconstrucción del equipo es más problemática que cualquier otra. La imagen refleja armaduras laminadas o segmentadas con faldellines repetidos, visualmente más próximas a recreaciones helenísticas tardías o romanas que a una fuerza beocia de comienzos del siglo IV a. C., de cuya composición tenemos más dudas. Las pteryges (πτέρυγες, tiras que cuero decorativas que cuelgan de las corazas), son compatibles con corazas griegas, pero aquí están modeladas como un uniforme reglamentario. Los hoplitas se equipaban individualmente y habrían mostrado mucha mayor variedad: corazas anatómicas de bronce entre los más ricos, corazas textiles o de cuero (linotórax), y numerosos combatientes con protección corporal más ligera. Los cascos con penacho no eran la norma. Estos yelmos crestados existían, pero hacia esta época se difundían diseños más abiertos y prácticos, como los tipos pilos, calcídico o ático. Una acumulación de grandes crestas negras en casi todos los soldados da espectacularidad, pero no rigor, por eso en esta imagen lo hemos reducido a uno. Por el contrario, los cuerpos sucios, los escudos abollados, las lanzas rotas y el agotamiento físico están muy bien resueltos.
PERSONAJES Y CONSECUENCIAS DE LA BATALLA
Las dos figuras que encontramos detrás del trofeo son Epaminondas y Pelópidas. Epaminondas fue el genio militar que construyó la victoria sobre sus decisiones oportunas para doblegar la falange espartana. A su lado: Pelópidas, otro astuto militar tebano, comandante del Batallón Sagrado, que era la principal fuerza de choque tebana, que decidió definitivamente la lucha. No vemos a Cleómbroto, que murió en la batalla; Agesilao II, el más conocido rey de Esparta (el otro rey de la diarquía) no estuvo presente en Leuctra.
Las consecuencias de Leuctra fueron desastrosas para Esparta. Buena parte de su cuerpo ciudadano murió en el combate (unos cuatrocientos ciudadanos espartiatas, de aproximadamente mil muertos en palabras de Jenofonte). Los ciudadanos lacedemonios eran todos exclusivamente soldados, se dedicaban a la guerra y no trabajaban, algo reservado a los esclavos. Una ciudad de una demografía débil, como Esparta, no podía permitirse perder de golpe varios cientos de sus integrantes, pues era un golpe fatal a su cuerpo ciudadano. Además, psicológicamente, una derrota tan apabullante disipaba el halo de invencibilidad de los espartanos que, si bien habían perdido batallas antes, nunca con una mortandad y consecuencias tan rotundas. Una derrota de tanto alcance dificultaba enormemente una pronta recuperación y mantenimiento de la hegemonía como Esparta pretendía. Las consecuencias inmediatas los confirmaron.
Porque al año siguiente, los tebanos invadieron el Peloponeso, sin reacción de Esparta, y liberaron Mesenia, la región que era el pulmón agrícola de la polis laconia, sometida mediante la esclavitud y el terror. Epaminondas aprovechó para fundar la ciudad de Mesene, desde donde hostigó a los espartanos; Megalópolis otra fortaleza para hostigar a los laconios en el Peloponeso, y estrechar su alianza con Arcadia. Pero Epaminondas fue víctima de su propio éxito. En Mantinea, 362 a. C., sus frecuentes correrías por el Peloponeso sin resistencia llegaron a su fin. Una coalición de polis que desconfiaba del poder tebano (Atenas, Esparta, Acaya, Elide y Mantinea) se coaligó y enfrentó al beocio, y lucharon en una nueva batalla decisiva que ganó Epaminondas, pero en la que murió.
Pelópidas había fallecido unos años antes (364 a. C.) luchando con los macedonios en el norte, lo que dejaba a Tebas sin su mejor generación de combatientes, y la hegemonía tebana empezaba a declinar. Toda Grecia pues, quedaba sumida en guerras y conflictos menores, con Esparta desarbolada, Tebas maltrecha, Atenas arrinconada en sus intereses más regionales, y todos, en general, pendientes de sus querellas más miserables e inmediatas, de manera que ninguno pudo ver la verdadera amenaza que marcaría la segunda mitad del siglo IV a. C.: que la Macedonia de Filipo II (que había aprendido el arte de la guerra de los generales tebanos) era ya demasiado poderosa para poder ponerle freno.







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