Hace unas semanas terminé este retrato de George Orwell para la portada del libro Nacionalismo y Naciones, de Armando Besga, que publicará Spania XXI.
Orwell necesita pocas presentaciones. Escritor, periodista y ensayista británico, acabó convirtiéndose en una de las voces más influyentes del siglo XX gracias a su análisis del poder, el nacionalismo y los totalitarismos. Curiosamente, aunque Rebelión en la granja y 1984 son de esas lecturas que prácticamente todo el mundo debería conocer, nunca han estado entre mis favoritas. Las leí —la primera siendo bastante cría—, me alegro de haberlas leído y de tenerlas en mi haber, pero no forman parte de esos libros a los que volvería una y otra vez.
El retrato está realizado a partir de una fotografía que nos pasó el propio Armando. Está dibujado sobre papel Ingres crema de 90 gramos, utilizando lápices Fäber-Castell 2B, 3B, 6B, 7B y 8B. Lo digo sin ningún complejo: soy equipo Fäber-Castell. No tengo absolutamente nada contra Staedtler —faltaría más—, pero igual que hay quien es de Fender o de Gibson, o quien prefiere el café solo al cortado, yo, cuando se trata de grafito, soy de Fäber-Castell. Y ya está. No hay una explicación especialmente racional.
Con el dibujo me pasó algo parecido.
Normalmente construyo las imágenes desde la línea, no desde la mancha. Si alguien me preguntara por qué, seguramente respondería lo mismo que si me preguntara por qué prefiero a los altos y morenos: no tengo ni idea. Simplemente es así. Llevo tantos años trabajando de esa manera que ya ni recuerdo cuándo empezó. Quizá tenga algo que ver con haber crecido admirando los dibujos de Tellaetxe, Beobide o Arteta, que siempre me gustaron muchísimo y cuya forma de entender el dibujo terminó dejándome más huella de la que imaginaba.
Pero este trabajo pedía otra cosa.
Aquí la línea tenía que dar un paso atrás y dejar que el volumen apareciera a base de grafito, manchas y valores. Reconozco que había un pequeño punto de incertidumbre, porque cuando te sales de lo que haces habitualmente nunca sabes si el experimento va a terminar bien o si acabarás pensando “mejor me hubiera quedado como estaba”. Esta vez, por suerte, salió bien.

Hubo además un detalle curioso que me hizo pensar bastante mientras dibujaba. Los negros tenían que salir ya muy sólidos con el propio grafito. No era una cuestión estética únicamente; también había que pensar en la edición posterior de la cubierta. Si el original llegaba demasiado tímido, luego los ajustes de contraste podían hacer más daño que otra cosa. Así que fue una buena excusa para sacar a pasear los lápices más blandos de la caja y disfrutar viendo hasta dónde podía llegar el grafito.
En realidad, tampoco tenía tanta libertad como podría parecer. El libro anterior de Armando, La Democracia y el llamado “Derecho a Decidir”, también publicado por Spania XXI, ya había marcado una línea gráfica muy clara. La identidad visual de la colección estaba prácticamente definida y lo inteligente era continuar por ese camino. Y, aunque pueda sonar raro, eso muchas veces se agradece. Tener unos límites claros evita perder tiempo dando vueltas a posibilidades infinitas y permite concentrarse en hacer bien una cosa muy concreta: que el nuevo libro dialogue visualmente con el anterior.
Al final, el dibujo ha sido de esos trabajos que recuerdan por qué merece la pena seguir manchándose las manos de grafito. Porque, aunque a veces toque salir de la zona de confort, de vez en cuando descubres que el camino alternativo también conduce a un sitio bastante bonito.









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