No mucho después de inaugurar este blog, llené una entrada con mi programa rediofónico favorito de todos los tiempos: Rock Star. La radio tenía y tiene un algo, una magia especial, hace compañía, ameniza y enseña, y os voy a decir por qué: porque la relación que se establece entre el oyente y el locutor es completamente distinta a la que tiene, por ejemplo, el espectador y el televisor. La radio es más íntima, te habla y te transmite la sensación de acompañamiento y cercanía. Por eso siempre me gustaría encontrar programas como los de antes, dirigidos a la juventud, amenos, con buena música y mucho cachondeo, donde no tuviese que escuchar a Lady Gaga ni a Bustamamante.
En la antigüedad también había Bustamamantes, pero se llamaban Alejandro Sanz o cosas parecidas, y no asomaban por la radio de calidad que los estudiantes de instituto oíamos mientras nos retirábamos las greñas de la cara. Rock Star fue el último gran show radiofónico, regalo de ese gran friki del metal que es Mariano Muniesa. Pero antes de eso, cuando yo empecé el instituto (y quizás aún cuando estaba terminando la EGB) echaban otro programa en los 40, allá por mediados de los noventa, los martes entre las 22 y las 23 de la noche, llamado Bértigo.

La memoria es frágil y por tanto pido disculpas. Es muy poca la información que puede encontrarse en el webo sobre aquel gran programa de radio, yo guardo cuatro recuerdos, todos ellos dulces, de mí mismo escuchando Bértigo. Consideren que han pasado alrededor de 17 años de eso. Bértigo era un locutor que se metía en el rol de un supuesto joven amante del rock, arrollado por un ¿tren o un coche? al que habían conseguido salvar los médicos convirtiéndole en una máquina o algo así. Su voz siempre aparecía distorsionada, y se cagaba continuamente en un tal Ruano, que debía ser algún técnico de la emisora. Para despedirse, ojo al dato, ponía una grabación de metralletas intercaladas con voces en alemán, al estilo discurso de Hitler (de hecho, igual era un discurso del mismísimo). Pero el programa no tenía ningún mensaje político ni nada por el estilo. Simplemente era lo políticamente incorrecto elevado al cubo. Nos enchufaba con rock alternativo y nosotros nos cagábamos en la sociedad sin saber muy bien por qué. Que si Nirvana, Smashing Pumpkins, que si Pearl Jam, Green Day, un poco de Pantera o Sepultura. Melodías angelicales para suavizar el alma.
Bértigo, el simpático locutor (o «Maese Bértigo», como se hacía llamar), a veces empezaba a insultar a la gente en general o a sus compañeros de los 40 en particular. Recuerdo que al tipo que llevaba el programa de «Fan Club», cuyo nombre he olvidado, pero que resultaba algo carameloso y no recomendable a cualquiera que no fuera mujer de entre 13-16 años, le tachaba de hijodeputa diariamente y otras lindezas varias. Nadie se salvaba de la ira subnormal del enfermo mental que era Bértigo, y cuya demencia nosotros celebrabamos con complicidad inconsciente: nos molaba porque iba contra todo, como hacíamos nosotros. Éramos el ejército de la irracionalidad, la etapa más feliz de mi vida.
Un día la tomó con Kurt Cobain. Yo estaba metido en la cama, noche cerrada (posiblemente invierno), arropado y sonriente bajo las sábanas, mientras sonaba In Bloom de Nirvana y mi amigo «Bértigo» griataba como un enérgumeno: «¡’Kurt Kobain eres un hijo de puta, por qué no te pegas un tiro ahora!» y cosas por el estilo. Otras veces le tocaba faltar al respeto al Papa, o al Rey, o al de la competencia, o a cualquiera que se le ocurriese a Bértigo en su mente drogada.

Sacaron un disco con una recopilación de canciones de rock alternativo inspirado en el programa, y lo llamaron Vértigo (realmente no sé que relación real tendrían). Ese disco Vértigo desató las iras del gran locutor, que proclamaba a los cuatro vientos que Bértigo se escribía con B, y se cagaba en los muertos de los artífices del recopilatorio. Y cuando todo terminaba, volvían a sonar las metralletas y el discurso en alemán, mientras él se jiñaba en la madre de los oyentes. Todo muy educativo. Por eso os podéis imaginar que no duró mucho en antena. Los 40 fusilaron a Bértigo, supongo que cuando las cartas de queja dejaron de ser algo circunstancial.
Es impensable que un show por el estilo vuelva a retransmitirse, al menos en las radios que todos conocemos. Igual que es impensable que otra serie como Makinavaja se grabe, que animes como Ranma se proyecten sin censura, etc., porque vivimos en la tiranía de los políticamente correcto, una fase como cualquier otra del plan de control social e ideológico que el Estado ejerce sobre la ciudadanía, y que algunos bobos, no pocos, aplauden con complicidad, como si hubiesen ganado algo en el proceso de desnaturalización del ser humano. Esos son los mismos que echaban espumarajos por la boca para intentar prohibirnos los juegos de rol, allá por los noventa, a los chavales que teníamos inquietudes que iban más allá del partido del domingo o la Champions League. Así que, en honor a Bértigo, aprovecho para cagarme en la madre que los parió.








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