Hoy me ha escrito mi dilecto amigo el Maestro Ninja Gara. Yo agradezco que me escriban los míticos springfieldianos de toda la vida, especialmente si vienen con noticias maravillosas o sugerencias interesantes. Y así ha sido.
En primer lugar, Maese Gara me ha recordado mi compromiso de hacer un cómic altamente incorrecto políticamente, que de hecho planeo titular Políticamente Abyecto – Basado en Desechos Reales. No adelanto detalles, pero veréis hasta qué punto puede la mente de un ser humano enfermar y producir detritus a mansalva. Me pondré con ello, no sé cuando, pero prometo hacerlo y sufrir las consecuencias.
En segundo lugar me ha comentado que había venido a Frikiplaster, el lugar donde los frikis sacan pecho, a leer la entrada sobre el Círculo. Y que resulta que no, que todavía no he hecho esa entrada. Así que corrijo ahora ese imperdonable error, Maestro Ninja, con una pormenorizada relación del objeto de aquel juego infantil que todos vimos durante nuestras infancias en Springfield, una tradición ya perdida pero muy viva en mi mente. Lo dejo aquí plasmado para los venideros niños, por si algún día quieren jugarlo y patearse con arreglo a la ley. A la ley infantil.

Veamos de qué iba este juego, al que por cierto yo nunca jugué, y creo recordar que el Maestro tampoco, a pesar de su curiosidad. Éramos demasiado listos y prudentes, incluso en la tierna infancia, para arriesgarnos. El Círculo se practicaba en grupitos, niños de no más de 12 años ni menos de 8 o así. Consistía, básicamente, en dar patadas. Pero había reglas, no podías dar patadas porque sí, debías hacerlo con orden. Se llamaba Círculo porque el espacio donde otro podía meterte una patada era el área central del campo de fútbol; para entrar y patear cruzabas las sagradas fronteras de ese recinto: mientras estabas dentro recibías o repartías, fuera estabas seguro (excepto en un caso extremo que veremos). ¡Qué chorrada de juego!, pensaréis vosotros ingenuos lectores. Pues no.

Si entrabas en el Círculo, no podías salir a menos que tocases con el pie el punto central del área y pronunciases «círculo»; el espacio donde se pone el balón para sacar durante un partido. Si tocabas, podías salir felizmente. Pero si no tocabas y decías la palabra mágica no podías salir, y hacerlo significaba que CUALQUIERA podía patearte en CUALQUIER lugar, no solo dentro del Círculo, hasta que subsanases tu imprudente error y tocases el centro. Pensaréis que es una tontería, siendo el área tan pequeña y resultando tan fácil acercarse al centro -en un campo de futbito, las más de las veces-, apenas un metro o dos, para pisarlo. Pero no era tan fácil, porque debías cuidar tus espaldas ya que, si bajabas la guardia, entraba uno corriendo y te pateaba a traición. Si te pateaban te desestabilizaban, y entraban dos chacales más para aprovechar tu titubeo y sacudirte sendas patadas. Caerse en el Círculo era mortal: todas las hienas que no se atrevían a entrar aprovecharían tu indefensión para entrar como relámpagos para descargar patadas cobardes y traicioneras, tocar el centro y salir sin mirar atrás. Ese era básicamente el funcionamiento del juego, y os puedo asegurar que era muy emocionante: era el lugar donde se ganaban las medallas del gallito del colegio. Si querías subir en tu rango social como malote de la clase, debías ser bueno al Círculo.
Recuerdo un Círculo improvisado y épico que nunca se me olvidará por lo trascendental de sus protagonistas y lo heroico de su desenvolvimiento. Fue la lucha de los titanes, y yo lo observaba lo más cerca posible sin correr el riesgo de que un gracioso me empujara dentro, y daría un año de mi vida por poder volver a verlo en vivo y en directo.
Los gladiadores principales fueron Chaqueta Mayor y Botijo Pequeño, asiduos a repetir curso, los semidioses, los héroes de aquella moderna Ilíada. Todo fue improvisado, pero como el polvoriento llano donde los pistoleros se plantan y observan silenciosamente mientras calculan cuándo sacar el revólver, Chaqueta y Botijo se colocaron y midieron sus fuerzas con las miradas. Entonces, al mismo tiempo, los chacales (los participantes de segunda y tercera división) se arremolinaban alrededor esperando patadas y confusión, para poder participar ellos de los despojos. Estos eran E. Cortizo, J. Pérez, Sabaina, quizás Zuazo, Urrestarazu, y otros maleantes. Especial desprecio me merece E. Cortizo, que tuvo vocación de chacal y lombriz desde su más tierna infancia.

Entonces, con mucha tranquilidad -la tranquilidad del que se sabe el PUTO AMO-, Chaqueta entró en el Círculo, tocó el centro y pronunció «círculo», en un desafío silencioso al menor de los Botijos. Un confuso participante de tercera, normalmente Cortizo, entraba completamente desnortado para hacerse el héroe y recibía la primera andanada: Botijo aprovechaba el caos, hacía incursión al asalto y descargaba su enorme y musculada pierna en los lomos del pobre infeliz. Chaqueta aprovechaba que Botijo pateaba los riñones de Cortizo para castigarle con nuevas patadas, y durante décimas de segundo se cruzaban ¡zas, zas! dolorosos puntapiés y todos salían velozmente para no quedar expuestos a represalias. Recuerdo el sonido sordo del latigazo, ¡zaca! sobre los pantalones del chándal o vaqueros como si lo estuviese escuchando ahora. Y entonces el tonto de Cortizo se daba cuenta de que no había tocado el centro, y todos se lo recordaban pateándole como buenos chacales, mientras el iluso intentaba alcanzar el centro ¡zamba, zamba! entre patadones inmisericordes. Porque la clave del Círculo era esa: no había misericordia.
Eso era un asalto cotidiano en un Círculo de héroes. Dos grandes y algún chacal que hacía el ridículo y salía malparado. Siempre había algún tonto al que se le olvidaba tocar el centro: siempre había muchos hienas que se lo recordaban. La adrenalina nos desbordaba, el placer viendo aquellos duelos era inenarrable. Celebrábamos las patadas como goles en el fútbol, y vitoreábamos con: «¡dale! ¡patéale! ¡mátalo! ¡no ha tocado, todos a por él!». El Círculo solía alargarse durante todo el recreo y los maestros, cuando veían la algarabía y jolgorio, se alejaban. Sabían que ese no era su territorio.
¡Qué tiempos! ¡Cuánta nostalgia!
NOTA FINAL: Algunos nombres pueden haber sido modificados por prudencia.








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