La campaña que siguió a Dragonlance coincidió con que los mandrias empezamos a cursar 4º de la ESO y ocurrieron alteraciones notorias que es preciso revisar y contextualizar, para entender lo que llegó después. Fue una etapa gloriosa que guardo en mis adentros con ternura. Aquel curso fue el de los años 1997-1998, cuando España era un país próspero, había libertad y nuestros vecinos nos respetaban. En esta entrada voy a hablar de algunos de los protagonistas de aquella epopeya, como antesala de la campaña de Forgotten Realms.

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El gran Groo entró en nuestras vidas. Gracias amigo.

En aquellos tiempos apareció en nuestras vidas un personaje que venía para quedarse:: Torkol, alias Groo, alias Karl-Urx, alias Oméride, alias Bognar, alias Bran Tiramanguales o Chupagemas. Yo recuerdo perfectamente cuando apareció en nuestras vidas, en el campo de futbito durante una clase de gimnasia. Un alumno nuevo, emoción. Se definió en segundos: ante la ocasión de juntarse con los buenos o los malos para el desarrollo de la clase, fue directamente a los malos. Y desde entonces sigue con los malos.

Al principio yo no me acerqué demasiado… parecía peligroso y no me equivocaba: un tío grande, fuerte, cara recia, que se dejaba atraer con facilidad por el lado oscuro. Pronto era ya uno de los malotes insignes de la clase. Un día, en clase de plástica, en lugar de escuchar al gilipollas del profesor, estaba yo hablando de rol con no sé quién (¿Maestro Ninja, quizás?) y Torkol se estaba quedando con nuestra conversación. Entonces intervino: él, aunque era de Bermeo, venía de Madrid y era un gran jugador de rol por inducción de su hermano, otro gran friki. ¡Sorpresa! Rápidamente le invité a que se uniese a mi grupo para ganarme su simpatía, por eso de que siempre hay que arrimarse a los malotes, por si acaso. Y fue un descubrimiento, todavía me felicito por añadirle al grupo.

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Sabíamos que MadMardigan era un as tocando las pelotas. Nunca imaginé que hiciese estallar hasta tal extremo la ira de Groo…

Desde aquel momento las hazañas de Groo fueron en aumento, y se convirtió con merecimiento en uno de los más distinguidos springfieldianos de todos los tiempos; todavía lo sigue siendo. Tuvo momentos dorados, muchos más de los que yo contemplé y recuerdo, pero sólo puedo dar testimonio de esos. Nunca les agradeceré lo suficiente a Groo y a MadMardigan, alias Sir Bowen, la infinidad de risas que me eché, en la parte de atrás de la clase, con ambos intercambiando insultos hirientes referidos a la nariz de uno («tienes la nariz como Miliki»), a la boca del otro («Bocanegra»), y otros mucho que he olvidado y que un día llevaron a Torkol a levantarse en mitad de la clase, de golpe, mientras Fernando de Cos, profe de historia, hablaba, para lanzar un tremendo juramento «¡¡Me cago en dios!!» haciendo temblar al Misterio. Expulsión inmediata de Groo, risitas contenidas de MadMardigan al lado mío mientras yo lloraba de aguantarme la risa. Recordemos que este héroe homérico era el mago del lenguaje grueso.

Torkol se adaptaba bien, hacía amistades rápido, tenía carisma. Un día, en el mare magnum que se formaba entre clases cuando iban y venían los profesores, nos enseñó su habilidad para disparar saliva. No escupir: disparar saliva. Levantaba la lengua exponiendo sus glándulas salivales y haciendo un ruido grotesco con la boca «¡Tcht!» lanzaba un micro-lapo a entre 10-20 centímetros de su boca que salpicaba al que estaba enfrente. Y lo que hizo Groo ese día con su superpoder fue ir recorriendo los pupitres del aula con chavales aterrados, rociándoles con su «¡Tcht! ¡tcht!» sistemáticamente, para dejarnos a todos señalados como un perro marcando territorio, en sabia metáfora del Maestro Ninja Gara.

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El cráneo de Simio: un misterio de la ciencia.

Las hazañas del gran Torkol fueron innumerables, infinitas. Un día le dio dos tortazos a Simio, un chaval que iba siempre buscando el dolor inconscientemente. Para comprender el retraso de Simio (del que el gran Charifas, springfieldiano de pro y gran sabio de nuestro tiempo, decía que llevaba un alien alojado en su cráneo en forma de huevo) baste con recordar que en clase particular íbamos con una tía muy limpita llamada Zuberoa, a la que el Simio se pasaba el día diciendo guarradas de nivel épico. Pero insisto, EPIC, es decir: chupa aquí o allá, o ponte a tantas patas, o agarra esto o aquello. No habría sido nada trascendental si no fuese porque, cada tarde, su novio, un tío con pinta de boss del Final Fight, venía a buscarla con dos rottwailers como toros. No sabría si decir: «Olé tus webos, Simio» u «Olé tu subnormalidad».

El caso es que a Simio le atropelló un camión y salió casi ileso, así que hay que reconocer que el tío tenía una flor en el culo o un alien en el cráneo. En cualquier caso, Torkol le castigó un día por su falta de solidaridad, y los demás disfrutamos viéndolo. En el insti funcionábamos según una ley no escrita, absurda, que nos creíamos aunque no fuese cierta, y era que, si un profesor tardaba más de diez minutos en aparecer por clase, podíamos irnos (¿?), a la que complementaba otra ley más gilipollas aun, y era que, si toda la clase se iba, no podían ponernos falta a ninguno (¿?). Un día que estábamos todos envalentonados y el profe tardaba, cuando los malotes ya habían convencido a todo el mundo para largarse, Simio se mantenía en sus trece y, adelantándose a su época, como un Pedro Sánchez de la antigüedad, no bajaba del burro: «No es no» y no había manera de que cambiara de opinión. Creíamos que, si él se quedaba, nos pondrían falta a todos: gran injusticia. Groo perdía los estribos ante el Simio insolidario. «Te voy a dar dos hostias, Simio» le amenazaba. Pero ni con esas. Y en esas creo recordar que llegó el profe, y nuestras ensoñaciones de libertad se frustraron. Pero a la salida llegaba la hora del castigo.

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Lugar exacto donde Simio recibió su castigo mientras los demás celebrábamos.

Hubo, como siempre, algarabía y fiesta ante la inminente ejecución de la sentencia. Recuerdo como si fuese hoy a Simio bajando por las escaleras del insti, muy entero, lagrimilla en el ojo incluida anticipando la pena que le esperaba, y Bognar enloquecido y jaleado por los calaveras, preparado para castigar al chaval. No se me olvida una chavala que fue hacia Torkol diciéndole «¡Groo, déjale, que es un niño!». Pero Torkol sabía que la justicia no se puede aplazar y debe ser igual para todos. MadMardigan jaleaba a Groo, incitándole a la violencia, «¡Mátalo, mátalo!». Todo muy edificante.

Al final todo se quedó en dos tortazos, y no fuertes, en el patio del insti. Se los pegó con la mano abierta, y sonaron «¡plas, plas!», como dos latigazos, en la parte baja del cuello del Simio. Un correctivo: eso fue todo. Lagrimilla en el ojo del chaval y furia de Groo. Nos llevamos al héroe homérico para que no vapulease al Simio, mañana será otro día, pensábamos. Pero el Simio no creo que aprendiera, él seguía en su postura altiva desde su posición de infinita desventaja.

Por aquellos tiempos felices el Maestro Ninja y yo andábamos haciendo intentonas de jueguillos épicos en el QBasic que venía con Windows. Yo ya había tenido una etapa de programador de perros en mi infancia con el Basic del Spectrum, y nunca llegué a terminar uno. El Maestro Ninja se unió al tema -creo que por estas fechas- y juntos programamos perros que no pasaban de la presentación, pero nos encantaba. Añado algunos screenshots de la presentación del «Castlevania: the power of Hell», del Maestro Ninja, que he logrado rescatar. También de lo único que he podido recuperar mío, de época muy posterior, todo sea dicho, mi gran proyecto en QBasic: «Thule» (2007). No olvidamos a Syndrome, del juego «The Dark Day», aquel monstruo de tres cabezas con el que desarrollé en el Basic del Spectrum un combate rolero que a todos maravillaba: no hay screenshot, aquello quedó el mundo del pasado, y en mi imaginación y las de otros que lo vieron.

Por aquel 1998 yo andaba haciendo un perro de combates con personajes de rol: recuerdo haber dibujado los caretos de un ogro y de Cliff, el clérigo del Maestro Ninja en Dragonlance, y diseñado un combate totalmente fiel a D&D 2ª Edición donde se pegaban. Dibujar en QBasic o en Basic era un trabajo de chinos muy currelas, no digo más. El juego no fue a más.

Entre tortazos de Torkol, monsergas de rol a todas horas, perros eternos en el QBasic, y otros disparates dignos de eterno nombre y escritura, pasaron aquellos años, cuya columna vertebral desarrollaré en el baúl VII-II: la campaña de Forgotten Realms.

NOTA (6/8/2022) Los tiempos han cambiado, y hoy en día el relato del castigo del Simio puede entenderse como hacer befa de un caso de bullying, pero nada más lejos de la realidad. Para empezar, todos teníamos motes, o casi todos: Simio no era el más hirient, a mí me llamaban orejón y Macario. Y para continuar, creo que ese fue el único día que Gonzalo (se llama así) se ganó una ostia, y la verdad es que se la buscó porque era un gran provocador. Y fue una bofetadita. Gonzalo era amigo mío, nadie le hizo la vida imposible, ni se le calentaba de forma diaria, con él nos reíamos a mandíbula batiente con el gran Agustín en particular, tenía una novia que estaba muy buena, hacía una vida normal en clase, a veces inflaba las pelotas a los malotes, pero ese fue el único día que Crom le untó, y con tales manotazos le habría resultado difícil matar a una mosca. Gonzalo no sufría bullying. Cuando le atropelló el camión, le llevé muchos días en su silla de ruedas hasta que se recuperó. Si fuese realmente un acoso, yo sería el primero en censurarlo, fue solo un episodio gracioso, dos miniplastazos sin consecuencias, motivado por su tozudez. Nada raro: nos pegábamos entre los chicos con frecuencia.

4 respuestas a «El baúl de los recuerdos roleros (VII-I)»

  1. Grandes juegos los que hacíamos. Luego perdí los siguientes juegos que hice en QBasic, ya de una calidad sin precedentes XD

  2. […] día hubo grandes personajes implicados. Vino Axel, alias Torkol, alias Bognar, de cuyos fechos y fazañas he dado rendida cuenta en este blog con admiración, y en vez de agua cargó una botella de dos […]

  3. Te kiero máster…. Yo soy broo hijo de cromosomas y no tengo Dios al que rezar..

  4. […] aquel tiempo fuimos privilegiados de poder jugar en una casa que tenía el gran Torkol, alias Bognar, alias Crom, alquilada en la zona vieja de Springfield, donde jugamos varias sesiones y casi echamos el hígado […]

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