El otro día andaba yo por Springfield tranquilamente y me encontré con un personaje que recordaba de los años dorados del rol en Springfield. Eso nos remonta a finales del siglo pasado, una época de optimismo, prosperidad y libertad. Cuando aquello, jugar a rol era un pasatiempo de fin de semana, aunque secuestraba nuestros pensamientos veinticinco horas al día los siete días de la semana. Éramos auténticos plomazos del rol.
El tipo me recordó a un personaje que yo tenía medio borrado de mis pensamientos desde hace mucho, aunque reconozco que conversé con él hace algunos años, sin mucho recorrido. Digamos que se llamaba Javier; un tipo alto, delgado, bastante cabezón. Fue profesor de biología y jefe de estudios, y si ahora no está jubilado no debe faltarle mucho. El caso es que hay notorias memorias vinculadas a este Javier: me las tuve que ver con él un día cuando, en medio de clase de gimnasia con la nunca lo suficientemente odiada María, me puse a aullar. ¿Por qué hiciste eso, Friktor? No lo sé, la tenía tanto asco que supongo fue una de mis maneras de exteriorizarlo: joderle la clase. Me mandó al jefe de estudios y era este menda, y me preguntó: «¿qué has hecho?», y lo dije, «unos ruiditos en clase» (evidentemente no iba a confesar la naturaleza profunda de mi crimen) y me dijo, «pues quédate aquí lo que queda de la hora y luego vete a clase». María, si pensabas que me iba a crujir, te jodes. Otra vez que visité al jefe de estudios fue por estar pegándome con otro usando sillas. Nos pegábamos en broma, pero usábamos las patas de las sillas para arrinconar al otro y atraparlo contra una pared. El conserje me pilló con las manos en la masa y me envió con Javier. No recuerdo qué más pasó en aquella ocasión, nada serio, sin duda.

Claro, hubo otras películas vinculadas a mis memorias de Javi. En aquellos tiempos venía con nosotros a clase un pobre chaval que en cuanto a coeficiente intelectual rozaba la frontera entre Sloth y Forrest Gump. No es como ahora con todas esas cosas de diversidad y chicos especiales, cuando aquello, para los borderliners, el instituto era el puto circo romano. Este chaval, al que de vez en cuando veo por Springfield y del que tengo innumerables retratos en mis cuadernos de la época, digamos que se llamaba Koldo, y, pensándolo ahora, realmente no debería haber estado en aquellas aulas. Había por aquel entonces otro springfildiano que ya conocéis, que se llamaba Txelo de Kastro, al que Koldo, creo yo, tenía admiración (Txelo tenía carisma elevado, +3 por lo menos, era, por así decirlo, el chico popular y todos querían ser sus amigos), y obedecía lo que el malvado Txelo le pedía. No recuerdo si Crom, alias Torkol, había llegado ya a Springfield (creo que todavía no), si no lo había hecho ya, con esta entrada le voy a ilustrar un poco más de lo diabólico que llegó a ser su amigo Txelo en aquella época.

Pues bien, estando en clase, Txelo se sentaba detrás de Koldo y, en voz baja, subrepticiamente, le decía: «Koldo, hazte una paja; hazte una paja, tío; no ves lo buena que está Raquel (compañera unas mesas más adelante); ¿por qué no te haces una paja?». Él le daba la idea, Koldo cumplía la orden. No me gustaría estar en el pellejo de un profesor con uno de los alumnos machacándosela en clase, me parece surrealista, pero tengo noticia de que esas cosas ocurren. Yo no iba a esa clase, pero me contaron que ocurrió en varias ocasiones. Lo que sí he visto con mis ojos que se comerán los gusanos es, con unos trece años, a C. M. corriendo por clase, detrás de tías que huían, con el miembro sacado y la lengua fuera. Este chaval estaba obsesionado con el nopor, tenía una colección de VHS que invitaba a sus amigos a ver a su casa, y tenía en su cuaderno dibujos obscenos que les enviaba a las tías. Estas, mosqueadas, se lo enseñaban a la profa, que inmediatamente informaba a los padres. Al enterarse los padres, inflaban al chaval a ostias. Al día siguiente, volvía a hacerlo.

Dicho esto, sí: Koldo obedecía las cosas que le pedía Txelo. El pobre chaval un día se quiso tirar por una ventana, no sé si animado por Txelo (tengo un cómic que se realizó unos 5 años después, bastante cercano a los hechos, por tanto, en el que es Txelo el que le anima) y no lo hizo al final porque otro chaval, al que en Springfield llaman Mono, le agarró por las ropas y le dijo «bájate, tío, que te vas a matar». En realidad no se habría matado, pues era un segundo piso y habría tres metros de caída, pero si se habría pegado una fostia monumental. Hubo otra ocasión que no sé qué le hicieron a Koldo, que se volvió loco y se puso a gritar en clase. Tengo noticia que una vez le robaron en casa a los padres, y Txelo de Kastro, cuando lo supo, a hurtadillas, empezó a provocarle diciéndo que había sido él y que tenía sus cosas. Quizás por eso se volvió loco y empezó a gritar. En la clase de al lado estábamos dando la asignatura de biología con Javier, y de pronto empezamos a escuchar los altercados. Javier fue como un león a la otra clase para imponer el orden. Me dijeron que levantó a Koldo por la pechera en el aire, y empezó a gritarle a la cara: «¡¿Me vas a tocar los cojones?! ¡¿Me vas a tocar los cojones?!». Sobreactuación que despertó cierta animadversión en mi a este menda, porque el profesor, la autoridad, debe mantener la compostura y, además, todos sabíamos que Koldo no tenía todos los patitos en fila, por lo que este arranque de ira con él, sobraba. Me imagino a Txelo de Kastro tapándose la cara y esbozando una sonrisita, peleando internamente por no romper en carcajadas por la que acababa de liar.

El triste caso de Koldo, un chaval al que nunca debieron soltar en aquel corral lleno de hienas deseosas de joderle la vida a alguien, me trajo a las mientes otro caso de otro pobre diablo al que en su día jodimos un poco la vida (yo en realidad, no, pero vi como le jodían y es poco lo que pude hacer para evitarlo). Digamos que se llamaba D. L. (iniciales que aporto porque yo no soy amigo de quitarle la honra a nadie). El caso es que al filo del milenio, los fines de semana nos reuníamos en el txoco de Zevo, en Springfield, donde la gente se emborrachaba y drogaba con total libertad, como si les pagasen por joderse el cerebro, y a donde empezó a ir D. L., no sé por qué, porque allí no tenía amigos. El problema es que D. L. era un tío pequeñito, menudo, con pinta enfermiza, -3 en Carisma, sin amigos. Estos se reían de él y le hacían beber bebidas de alta graduación, cosa nada recomendable para su frágil constitución (-2 en Constitución).
Yo iba raras veces a aquellos aquelarres, pero siempre había fiesta con él, y vi cosas dantescas. De hecho, en mis tiempos universitarios, hice varios cómics sobre esas fiestas paganas, donde no se hacía nada virtuoso ni digno de encomio. Algunas veces que fui vi a uno de mis dilectos amigos de las tardes en particular con Agustín (hay cómics) sacándose el miembro y poniéndoselo en el hombre a D. L., que se hacía el distraído. Yo creo que D. L. lo sabía, pero aguantaba para poder estar con «amigos» un rato más. También organizaban peleas con él, le provocaban diciéndole cosas de la madre o la hermana, y se partían de risa. Él se defendía como podía, intentando pegarles, pero era inútil, porque no tenía condición física para enfrentarlos.

La última vez que vino la recuerdo bien. Esta peña fumaba de una cachimba improvisada hecha con una botella de coca cola, y cuando ya estaban bien cocidos, se empezaban a gritar con todas las fuerzas en el oído, y hacían competiciones para ver quién aguantaba más. El caso es que un día, entre calada y calada, grito y grito, no sé a cuenta de qué J. S. levantó un billete de mil pesetas (¡mil pesetas dios mío!) y gritó: «¡Mil pelas para el que desnude a D. L.!» (calculo que fue de los últimos billetes verdes que se vieron en España). Y se montó la de Normandía. D. L. salió corriendo, y yo le cubrí la retirada, pues estaba sereno y no quería ver más humillaciones al chaval, que no me caía mal. Me coloqué en la entrada, le dejé salir corriendo, y pude retener un poco a la horda que se lanzaba sobre él mientras huía. Nunca más volvió.
Y estas son algunas de las vergonzosidades y sinvergonzonerías de la época dorada del rol que quería contaros, porque me acordé el otro día y quería hacerlo antes de que se me vuelva a olvidar. Es posible que no todo lo que he contado sea absolutamente riguroso con la realidad, pero son muchos años ya, entended que la memoria acaba fallando. Cuando recuerde más entuertos y disparates, volveré por aquí para dar cuenta de ellos, para que no se olvide los malandrines que un día fuimos.








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