Llevaba tiempo pensado en una entrada para el blog de mis amores. El otro día estuve viendo «El retorno del Jedi», película en la que hago una breve aparición (yo soy el malvado parásito que le crece en el culo a Jabba) y dándole vueltas al tema, no sé como ni porqué, el cabrón del algoritmo de YouTube me sacó un vídeo del año trescientos antes de Cristo, una de esas actuaciones que los niños podíamos ver felizmente en El Semáforo, maravilloso programa noventero, presentado por Jordi Estadella, donde los españoles descubrimos a talentos tan dispares como Cañita Brava, y veíamos a Marlene Morreau bailar semidesnuda.

Vale, puede que Marlene hoy en día no sea lo que fue, pero quien no crea que esta mujer fue infinitamente bella en los 90 que venga a mi casa y le parto la cara gratis.


Vale, no es necesario incidir en las risas que me he echado con Cañita, ni en la belleza sobrehumana de Marlene, que creo fue LA MUJER de los 90. Y viendo aquel vídeo de la actuación de la francesa, pensé, ¿cuál fue mi despertar sexual? Es decir, el momento en el que dejas de jugar a los playmóbiles y empiezas a mirar raro a las tías, no siempre a la cara, «¿pero esto que es lo que es?» te dices: es la naturaleza pinchándote en las pelotas con un punzón, y diciéndote: «¡despierta, hay que perpetuar la especie!».

Pensándolo, creo que lo tengo bastante claro. Nos vamos a los trece años claro, había una película, la vi accidentalmente, supongo que con mi hermano y quizás mi padre, seguro que no mi madre, pues era de vampiros y cosas raras que a ella no le gustaban. Era «Abierto hasta el amanecer», extraña cinta donde aparecen Quentin Tarantino y George Clooney y que, en un momento, llegan a un bar de carretera muy chungo donde se produce una actuación de baile de una pava. Yo todavía era un niño. Cuando termina esa escena de 2-3 minutos, yo ya no era un niño.

La actriz era Salma Hayek, y si ves la escena me vas a entender perfectamente. Desde entonces, le he tenido un gran aprecio a esa actriz, y a todas las mexicanas, que siempre he creído son mucha hembra para pobres mortales como yo. Cuando acaba el baile, yo podría haber preguntado, como Todd Flanders en el capítulo en el que Ned empieza a salir con la actriz Sara Sloan: «Papa, ¿de dónde vienen los niños?». Pero poco importa ya. El baile de Salma Hayek con una serpiente, encima de la mesa, vertiendo tequila en la boca de Tarantino a través de su pierna y pie, es algo tan potente, que creo es una de las escenas más memorables del cine de los 90. No porque Salma esté infinitamente buena, que lo está, sino porque la actuación, el entorno, el tono, la luz, la guitarra del mariachi, la puesta en escena, todo ello es insuperable.

Al ver aquello, yo me dije: ¿Eso es una mujer? Y mi cabeza me dijo: ESO ES UNA MUJER, y me sorprendí de no haberme dado cuenta hasta ese momento. Hasta entonces no lo había visto, desde entonces vivo en una guerra sin solución. Se acabó la paz para siempre, la tierna infancia, jugar con el muñeco de spiderman o con Mario Bros; qué felices éramos hasta que llegó el instinto y nos dijo: «¡Espabila!». Para mi, ese «¡Espabila!» sonó como un trueno en mi cabeza cuando veía a Salma Hayek bailando.

Pero debo dar gracias de no haber despertado por un puto vídeo pornográfico enviado por whatupp, como les pasa a los niños de hoy, porque mi despertar se produjo gracias a una mujer hermosa y real (y muy simpática y graciosa, añado), a través de una escena bellísima de sensualidad; no una puerca exhibicionista asquerosa, y por eso Salma Hayek tendrá siempre un merecido lugar en mi corazón, y presumo de ella como de una de las estrellas que iluminan mis ojos. Gracias Salma. Y que viva México, cabrones.

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