Uno de los personajes inolvidables de todos los niños de mi generación fue Basilio, que fue director de la escuela durante nuestras infancias. El nombre Basilio proviene del griego basileus, que significa «rey», y era un nombre muy adecuado para el sujeto, que reinaba en aquel centro educativo. Era uno de los tipos más duros que te puedes imaginar, y reinaba con puño de hierro.

Le teníamos miedo. Había leyendas y rumores entre los niños a los que había dado clase, no a mí. Se decía que a un niño le agarró una vez de la oreja, y le tiró con tanta saña, que se la arrancó un poco, no del todo. Y las cosas que habíamos visto no eran mejores. Un día fuimos de excursión, no me preguntéis a dónde porque yo era muy pequeño y no recuerdo nada. Sí recuerdo que el protagonista de aquel día fue Luís, el hijo de la Lucre.

Pongámonos en contexto: la Lucre era un personaje lamentable de Castro, una mujer que siempre fue una vieja sórdida, incluso cuando era joven. Vivía en una covacha de lo que cuando aquello eran los límites de Springfield, aunque luego debió mudarse a Falcon Crest, que era un bloque de viviendas sociales donde habitaba lo mejor de Springfield. Cuando se fue allí, empezaron a llamarla Angela Channing, no sé si conocísteis en los 80 la serie de Falcon Crest, pero todo tiene sentido, creedme. Buscadlo en Google. Vale. Pues Luís era uno de los chavales más temidos de Castro, siempre las estaba liando, era callejero y ratero, andaba con navajas, y buscaba broncas. Intentábamos mantenernos alejados de él. Creo que la Lucre ya ha palmado, pero su hijo mayor Lucrecio, sigue por ahí liándolas, cuando no está en el Dueso (ÚLTIMAS NOTICIAS: en Springfield ha corrido el rumor de que Lucre ha palmado, pero todavía es un rumor. Volveré si se sabe algo más).

Pues bien, en aquella excursión, Basilio y Luis se pegaron a puño cerrado; y Luis no tendría más de 15 años, como mucho (igual 13 o 14), y recuerdo el final de la pelea con Basilio levantándole por la pechera en el aire contra una pared, y diciéndole «a mi no me toques los cojones». Luego me dijeron que Luis le había pegado un puñetazo a una chavala, y que sangraba de la boca. Cuando se enteró Basilio, se transformó en Mr Hyde, y lo demás ya lo sabéis. Luis se mató poco después, uno o dos años. Había robado una moto, decían y, escapando, se estampó contra un carro de caballos (que cuando aquello eran comunes en Springfield), y por una hemorragia interna o no sé que mierdas, la palmó.

Esa no fue la única hazaña de Basilio, mis años estudiantiles me permitieron asistir a varias más. Solo mencionaré las que recuerdo. Una vez que vino a buscar a clase al gran Chaqueta Mayor, que era uno de los grandes calaveras del instituto. Había puesto un petardo en los baños, y más que un petardo resultó ser algo más parecido a un cartucho de dinamita. Sacó a Chaqueta de clase y se empezaron a oír escalofriantes voces y gritos de Basilio, reprimiendo al culpable. Pero Chaqueta soportaba eso y más; aquellos chavales estaban hechos de hierro.

Otra ocasión tuvo que ver con la Piojo Verde, una chavala a la que teníamos martirizada porque se había corrido la voz de que era portadora de la peste porcina (que por aquellas fechas llenaba telediarios) y, si te tocaba, te contagiaba. La gente llegaba a hacer cosas imposibles para no tocarla. Yo, incluso, durante un tapón en las escaleras que llevaban a clase, trepé por la espalda de un chaval para proyectarme hacia delante y evitar entrar en contacto con ella. Ese día fue un escándalo tremendo y una desaforada locura por toda la escuela: niños corriendo de un lado para otro, gritando para ponerse a salvo, barricadas en las puertas, saltando por las ventanas, bloqueando los accesos, hasta el punto que aquello no parecía más un centro educativo, sino un cotolengo. Al final, cuando ya estábamos todos tranquilitos en las clases, Basilio fue aula por aula imponiendo su auctoritas como él sabía, acojonándonos a tremendas voces como cañonazos. Tanto se pasó ese día que no olvidaré nunca a Ivan «Buluba» diciendo cuando se marchó: «Me ha puesto los cojones de corbata». Esto tuvo que ser en 6º de EGB, que es cuando yo fui con Buluba a clase. Esto es: 11 o 12 años, ¿1993-1994?

Hubo otra muy buena en 8º de EGB, que no puedo parar de reírme al recordarla. Detrás de la escuela había campas donde solía haber ovejas pastando, con algunas huertas y tal. Nos solíamos distraer mirando hacia el agro cuando la clase nos la soplaba. Aquel año yo iba con M. A. Abella y C. Merino, o Melo; era una de esas tardes tristes y aburridas, recibiendo una insoportable chapa de la profa, de manera que esos dos debieron fijarse en la huerta, donde había un viejo trabajando. Entre clases, como el profesor tardaba unos minutos en llegar, Abella y Melo empezaron a insultar al viejo para divertirse: «¡Viejo, cabrón!», ¡»Viejo, maricón!». Se sentían protegidos porque estaban dentro de la escuela y el viejo fuera, currando. No la vieron venir.

Porque el viejo, cabreado, fue a dirección del centro y, ¡oh casualidad! el director era Basilio. Le contó la hazaña de los dos incautos, y Basilio se decidió a encontrarlos. Y los encontró, menudo era el tío. Llamaron a la puerta de clase: «pase» dijo la profa. Y ahí estaban Basilio y el viejo, con cara de cabreados. Abella y Melo queriendo que la tierra les tragase, queriendo convertirse en un holograma. Pero no hubo escapatoria. «¿Quiénes son?» preguntó Basilio. «Esos dos» dijo el viejo, saboreando la venganza. «Venid con nosotros» les dijo Basilio. Y los cuatro se fueron.

Y nunca supe qué pasó con ellos. Sí los volví a ver, no se los comieron, pero nunca dijeron nada de lo ocurrido. También puedo asegurar que nunca volvieron a insultar a nadie desde las ventanas: Basilio tenía la mejor medicina para esos personajes.

Otra feliz hazaña fue protagonizada por Raúl, Rulo, un día que estábamos en la pista donde salían al recreo lo mayores (mayores hasta 13, nos separaban de los pequeños porque a partir de los 11 éramos salvajes). Rulo había evolucionado rápido, como un Pokemon, y ya había pasado del nivel TRAVIESO al nivel MALEANTE. Se divertía en la pista tirando pedrolos a un edificio cercano, donde la ventana del 4º o 5º piso estaba abierta. Tiraba a colar la piedra por la ventana (o cualquier otra mierda que encontrase). Lo estuvo haciendo varios días. Hasta que un día, estando en la pista, un tipo raro le pilló con las manos en la masa, pedrolo en mano y apuntando: era el dueño del piso. Pues resulta que el tío era ruso, y agarró a Rulo y de muy malas formas empezó a gritarle: «¡Te he visto, eres tú!», Rulo se hacía el confundido, «¿yo qué?» como que no sabía nada, perplejo, cuando le habían pillado en plena faena. El ruso le agarró fuerte y empezó a gritarle: «¡Al director o a la guardia civil! ¡Vamos al director o a la guardia civil!». Difícil elegir, sobre todo sabiendo que el director era Basilio, y que entonces la Guardia Civil llevaba bigote e imponía respeto a fostias, así que Rulo se hizo pequeñito como un ratón y empezó a balbucear: «A ninguno, a ninguno…». Creo que el ruso al final le llevó a donde Basilio, pero no me digáis, porque cuando desapareció de la pista, prisionero por un brazo del Vladimir, no volví a saber nada de él en días. ¿Qué le hizo Basilio? No lo sé, pero aprender no aprendió, pues tiene otra liada posterior que algún día contaré, y de la que se libró por el canto de un duro.

Y ya se acababa la EGB para mi, y ya pensaba que iba a salir indemne del efecto Basilio, cuando fuese al instituto, pero lié una parda al finalizar el curso y no pude escapar. Y eso fue porque yo era un liante. Nos entregaron un documento para rellenar los que íbamos a ir al instituto: «es muy importante», nos dijeron. Vale, pues yo lo perdí. Y no solo eso, me olvidé completamente de ello, hasta el punto de que cuando llegaron las matriculaciones, yo no podía matricularme. Tremenda movida, mis padres preocupados, los profes no entendían cómo se me había olvidado. Eran tiempos en los que yo escuchaba mucho los 40 Principales, el programa que echaban en Canal+ a las 14 o así: recuerdo que acababa de descubrir el grupo Garbage, así en plan grunge, que me molaba la cantante, que canturreaba «Only happy when it rains». Basilio vino a por mi con toda su artillería: yo estaba con mi madre, volviendo de la pista, pero no se cortó: me agarró con saña por los papos y me zarandeó la cabeza sin misericordia, mientras decía: «¿qué vamos a hacer contigo?». No lo olvidaré nunca. Cuando ya creía que me iba de la escuela sin recibir estopa, me empitonó. Yo tampoco pude escapar a Basilio.

Y esa es mi entrada nostálgica del día. Volví a ver a Basilio muchos años después, y le expliqué un yacimiento arqueológico romano que hay en Springfield. El señor, un abuelete ya, escuchó muy atento, y yo sentí mucha simpatía por él. Yo creo que no se acordaba de mi, tan calvo como yo estaba ya, pero yo si me acordaba de él, ¿cómo olvidar a ese titán?

No sé si sigues vivo, Basilio, pero quiero expresar mi admiración por el trabajo que hiciste pastoreando aquel rebaño, aquella tribu de salvajes. Hacían falta muchos cojones para estar allí, y tú diste la talla. Me quito el cráneo, maestro.

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