Otra Navidad más vengo con mi regalo friki, esta vez revisiones de dos de los grandes de los 90: Warcraft II y Age of Empires II. Se trata de dos joyas que nos hicieron felices a los viejos y que recordamos con nostalgia. ¡Espero que os guste el viaje al pasado!

WARCRAFT II. Es muy difícil que un niño de hoy en día (digamos niño de entre 10 y 25 años) llegue siquiera a barruntar lo que Warcraft supuso en nuestras vidas y tuvo de revolucionario. Para que el niño lo entienda al menos en pequeña manera, sus juegos de estrategia favoritos de hoy son hijos de Warcraft. O lo que es lo mismo, sin Warcraft no existirían la mayoría de los juegos molones de estrategia en tiempo real de hoy. La verdad que verlo ahora, muy cutrín gráficamente, decepciona un poco, pero os aseguro que este perro fue la locura absoluta, y rey sin disputa en su tiempo antediluviano.
Yo lo conocí en una demo, ya no sé ni cuándo. En la Prehistoria, en el Mesolítico. En aquellos tiempos, cuando los océanos sumergieron el Atlantis, las revistas de videojuegos se solían acompañar de un CD con variedades de software y demos de juegos recién salidos. Para que entendáis la movida los milenials, en aquella época no existía internet, todavía faltaban algunos años para que empezáramos a tener conexión con módems que producían una cacofonía insoportable y te dejaban inútil el teléfono, y la publi de los juegos se hacía a través de revistas en papel. Sí, en papel; no en pergamino, eso es la Edad Media. Hablamos de mediados de los 90. El caso es que en una de esas revistas (sería quizás Micromanía o PZ Zone, que es lo que se consumía en mi casa) vino una demo de un juego, «¿Warcraft? ¿Qué mierda es esta?» pensamos Hamanu de Urik y yo. La movida iba de orcos y humanos, salían ogros, trolls, grifos y otras historias, y eso siempre molaba. Además eran años de flipada con el Señor de los Anillos (el libro, la película tardaría en llegar años todavía) y, reconozcámoslo, nos habríamos comido un truño si viniese envuelto en papel con letras élficas.



Lo enchufé y me puse a jugar. Pronto sentí que era Ambrosía, comida de dioses, inspiración de poetas y artistas, musa del frikismo, era la felicidad en forma de ceros y unos, de bytes, de pixels; esa música, esa jugabilidad innovadora, ese dinamismo. Me pasé las tres pantallas introductorias que te permitía jugar la demo mil veces, de todas las maneras posibles, exprimiendo al límite las posibilidades. Talar bosques, explotar minas, hacer edificaciones, construir granjas, y sacar orcos o soldados humanos, llevarlos de aquí para allá; matar bichos, destruir castillos. Recuerdo días en los que iba a la cama y veía, cuando cerraba los ojos para dormir, el barco de transporte soltando a los orcos en tierra para atacar. No podía escapar, y día tras día quemando la demo.
Luego compramos el juego, meses después, pero estoy seguro de que metí más horas a la demo que al juego completo. Había nuevas unidades: trolls que tiraban hacha, ogros que aporreaban, caballeros, máquinas voladoras; nuevos conjuros y habilidades, maguillos y muchas otras movidas. Era el JUEGO de su momento, todo el mundo hablaba de Warcraft, y hasta el Maestro Gara se compró el Warcraft I y lo quemó, mandando los orcos de uno en uno a la batalla, porque no permitía seleccionar grupos. Pero nosotros veníamos de jugar a juegos de Spectrum, con jugabilidad y dificultad endiablada, y teníamos muchas más agallas que los jugones de ahora, eternos principiantes.
Lo cierto es que cuando ya lo tuve en mis manos, empezó a perder brillo ante mis viciosos ojos. Creo que no llegué a pasarme el II, la última pantalla era un coñazo. El Warcraft III lo jugué un par de veces, no creo que pasase ni de la segunda pantalla. No porque fuese malo, sino porque yo ya estaba en otras cosas, como Europa Universalis I, Age of Empires II o Heroes of Might&Magic III… los Plastcraft se me quedaban pequeños. También es verdad que le salieron imitadores inmediatamente, en un fenómeno parecido al Doom, como los Command&Conquer, dios confunda, entre los que podemos señalar algunos de los más meritorios mierdajuegos de nuestras vidas. Los dos primeros ni tan mal. Otros de sus retoños dejaron mucha mejor huella: Age of Empires, Starcraft, Conquest of America, Cossaks… los que recuerdo, pero hay mil más, y muchos son sagas que todavía continúan.



Debo decir, en conclusión, que Warcraft marcó un antes y un después en nuestras adolescencias jugonas, y dejó un bonito recuerdo, como también esta maravillosa música que dejo aquí abajo. Creó una saga que ya no se parece al original (World of Warcraft y otras basurillas) y hasta películas infumables que, lo mejor que han dado de sí, es un capítulo tronchante de South Park con chorro de cagalera podrida incluido. Pero Warcraft II merece una partida, todavía hoy.

AGE OF EMPIRES II. Después de cansarnos de Warcraft, los locos de mi generación empezaron a quemar el Age of Empires y, lo que es mejor, ¡empezamos a jugar online entre los colegas! La revolución internetera empezaba a sentirse, y la usábamos para pegarnos virtualmente. El sistema de AoEII es igualito al de Warcraft, cambia el escenario y hay muchas más facciones, para satisfacer todos los gustos. Pero eso: hacer edificios, avanzar de edad para hacer nuevas unidades, talar bosques y explotar minas, hacer granjas, y joderle la ciudad al colega. Nada puede ser más divertido.
El juego estaba muy bien y también me causó una peligrosa adicción. Andaba yo tocándole los webos a un colega con que me lo grabase y el tío me soplaba 600 pesetas y encima me lo grababa mal. Un cabrón. El caso es que al final lo conseguí: las campañas son históricas y molan, los gráficos, la jugabilidad, todo está bien y aporta cientos de horas de enganche.



En las quedadas online nos vapuleábamos bien entre amigos, a veces con bajezas inmorales incluidas. Yo era muy partidario de los bizantinos, porque tenían buena mezcla de tropas occidentales (caballería pesada) y orientales (jinetes a camello). Era bueno, y eso jodía. Jugaba mucho con un chaval que se hacía llamar Aquiles (uno de mis primeros amigos cibernéticos) y con un colega mío de Springfield, digamos Bilbo. Un día jugamos a tres y entre Aquiles y yo le dimos estopa a Bilbo por motivos que no recuerdo; lo que sí recuerdo es que después, Bilbo (por el mítico msn messenger que usábamos en el paleolítico) se vengó de mí diciéndole a Aquiles que yo era mariposa y que quería rollo con él, y por eso me aliaba con él. Bajeza insuperable, pero que tuve que tragarme porque Bilbo ha sido amigo de toda la vida y reparaba su horna jodiendo la mía, todo muy sano y edificante. No volví a saber nada más nunca de Aquiles.
Jugábamos mucho online. Recuerdo las partidas con Txangu cuando trabajaba en el cyber (esos locales que en el medievo ofrecían ordenadores para conectarse a internet, porque solo algunos podían permitirse meterlo en casa) se pasaba las horas jugando al AeEII… así trabajaba el cabrón. Todos recuerdos maravillosos de otra era pretérita de las que solo nos acordamos los viejos carcamales de treinta y tantos. El AoEII todavía tiene un pase si os atrevéis con los perros viejos. Si no, iros al infierno.
Por si la enganchada fuese poca, ambos juegos (Plastcraft y AoEII) tenían un editor de escenarios para hacer tus propios mapas y aventuras, y te cagabas de gusto diseñando nuevos escenarios que luego podías jugar con tus compis. Incluso podían hacer campañas, con diálogos, eventos y movidas, que hacían del juego una experiencia mucho más profunda y donde quemabas más horas que un chino.
Y hasta aquí llegaría el regalo friki de esta Navidad. Espero que os haya gustado y felices fiestas a todos vosotros, frikazos, que habéis llegado hasta aquí leyendo. ¡Un saludo!








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