Uno de los momentos cumbre del rol internacional, sin parangón en ninguna otra dimensión o planeta, tuvo lugar en Springfield en 2001. Muchos quizás lo hayan olvidado, pero yo no lo olvido de lo épico que fue. Los hechos ocurridos esos días no son dignos de ser escritos en papel, sino de inscribirse en bronces y entallarse en mármoles; fueron tantos los disparates, con otras muchas insolencias dignas de eterno nombre y escritura, que vengo a escribir con sin par entusiasmo y felicidad de haber presenciado esos momentos con mis ojos y oídos, por eso daré cumplida cuenta de tantas hazañas grandiosas. Recuerdo que era el primer año de mis estudios universitarios, ese mes de septiembre estrellaron dos aviones contra las Torres Gemelas, y nuestra partida no debió distar mucho cronológicamente de ese evento.
Cuando se produjo el atentado yo estaba en casa, preparándome para ir a Bilbao a examinarme de metodología historiográfica o algo así, una asignatura peñazo que me había quedado pendiente, y que impartía una zumbada cuyo nombre no pondré por si busca en internet y me descubre. Recuerdo que años después, la misma loca, digamos M.J.P., mandó leer unos libros y hacer una recensión para aprobar su asignatura. Yo hice la recensión de uno de ellos, y del otro le dije que no había conseguido encontrarlo; eso fue el día último para entregar el trabajo, pues la tía tenía que poner las notas ya. Me hizo prometerle que buscaría el libro, haría la recensión y se la entregaría tan pronto como pudiese, y me aprobó, confiando en mi promesa. Por supuesto yo no hice nada, salvo disfrutar de mi aprobado mal ganado. Un día me pilló por los pasillos y me dijo que la había decepcionado porque había fallado a mi promesa. Todavía hoy, al filo de 2021, no le he entregado la puta recensión.
Pues resulta que ese año 2001 a mí se me ocurrió hacer un feliz botellón rolero en el monte, en un refugio del que teníamos las llaves. Preparé una pedazo aventura de Ravenloft, y con los personajes de una campaña ravenloftera de la que hablaremos, subimos al monte en ¿agosto, septiembre? No recuerdo bien. El monte se llama Cerredo, todavía está ahí, al lado de Springfield. La subida de ese día hasta Cerredo fue de lo más espectacular que podáis imaginar. Es una ruta de dos horas o dos horas y media a pie, no es muy dura pero sí que tiene alguna cuesta importante. Solo un adelanto: cada cual fue disfrazado de su PJ. Hay una foto, pero algunos de aquella feliz compañía se niegan a que la comparta por redes. Es por bochorno.
Ese día hubo grandes personajes implicados. Vino Axel, alias Torkol, alias Bognar, de cuyos fechos y fazañas he dado rendida cuenta en este blog con admiración, y en vez de agua cargó una botella de dos litros de cerveza, que da más sed. Vino Tarnus, alias don Armando de la Cruz, alias Peloplátano, alias Wild Eric, disfrazado de templario; también estuvo presente el siempre rápido Maestro Ninja Gara, alias Nicolae, alias Brotorr; alias Borbotrán, con su vestimenta de guardabosques. Creo que vino Txelo de Castro, alias sir Bowen, alias MadMardigan, el villano número uno de Springfield, y con seguridad Charli, alias Fistandantilus, alias Wolframius, alias Raistlin, pues su tío era el que nos dejaba las llaves. También vino un amigo mío de la uni, digamos G. S.; nunca más volvió a jugar con nosotros. Pudo haber venido Flores, alias el Zorro; y algún otro que ya no recuerdo.
El abastecimiento de costo para porros le habría valido a un regimiento de la legión para un mes, pero estos se lo fumaron esa misma noche. Si nos llega a parar SEPRONA por el monte no me lo quiero ni imaginar: un grupo de ocho tíos, disfrazados, con espadas, escudos, arcos, etc… cargados de droga y alcohol, «¿Qué vais a hacer?» pregunta el picolo. «Jugar a rol» le decimos. Todos al cuartel.

Ese día vi cosas que no creía posibles. Vi a Torkol arrancar un árbol, joven sí, pero ni tú ni yo habríamos podido hacerlo. En todo caso, la anécdota de Axl y el infeliz árbol me recordó al Orlando furioso de los libros de caballerías, y arrancándolo le sacudió sin querer a G. S., que iba disfrazado de una especie de fraile ridículo y que nunca más volvió a jugar con nosotros. Ese día, Axel llevaba una coraza de plástico de algún disfraz de 20 duros, una capita azul ridícula y un hacha también de plástico, ¿os imagináis la escena? Pues yo lo vi con mis ojos. Arrancado el pobre e indefenso vegetal, lo peló para hacerse una vara y colocó la cabeza de plástico de su hacha patética en lo alto, orgulloso de su obra. A mi todo me daba miedo, pero disfrutaba de la adrenalina que me producía. Descubrí que la gente que actúa inconscientemente y según sus impulsos vive más y es más feliz. Que la suerte les sonríe. Torkol estaba embrutecido porque vio a una pareja de franceses y empezó a sentir el deseo de pegarles. Eran gente mayor, tranquila, paseando por el monte.
Para entender esta extraña xenofobia sin pies ni cabeza es necesario conocer la historia de Springfield. El pueblo fue asaltado y saqueado por los franceses en 1813, sí, en la Guerra de Independencia, y los springfieldianos más patriotas soportan mal la presencia de franceses desde aquello. Hay terribles historias sobre esto que algún día contaré, no sin bochorno. Claro, vosotros diréis: ‘en entradas anteriores dijiste que Torkol era de Bermeo…’, efectivamente. Él no era de Springfield, pero por solidaridad habría pegado muy a su sabor a uno o dos franceses. Le templamos los más juiciosos, conseguimos que desistiese de su locura homicida y seguimos adelante.

No recuerdo muy bien la llegada al refugio, han pasado muchos años. Sí recuerdo que Bognar traía una tableta de costo, como esas de chocolate negro Valor, y se puso a reblandecerla al baño maría con una olla llena de agua. No me preguntéis el proceso que llevó, nunca me interesé por las drogas y no me fijé. Lo que sí recuerdo es que el abastecimiento de porros destruyó la partida. Se suponía que íbamos a jugar toda la noche, pero fue imposible. A eso de las 12 o la 1 tenía a todo el grupo colocado. El primero que cayó fue G. S., no le interesaba la partida. Seguíamos jugando y él ya estaba roncando: le sentó mal el porro. Lo llamaron el ‘aliento del Dragón’, y me fue tumbando uno a uno a los PJs. La nube de humo que despedía impedía que nos viésemos las caras. Sin embargo, Bognar estaba fresco, y Txelo de Castro también, pero fue imposible continuar. Poco después estábamos todos durmiendo.

Nunca me imaginé una noche así. Bognar subió a lo más alto de la litera, yo estaba debajo, en un sitio estratégico para que, si el hacha de Bognar -hecho con un árbol-, con el que dormía, se caía, me diese a mi en la cabeza. Bognar, al día siguiente, nos dijo que había dormido como un niño. Mi experiencia fue otra, yo que no pegué ojo. Nuestro dilecto amigo hablaba incoherencias en sueños continuamente como si hubiese un interlocutor, decía cosas como si le estuvieran persiguiendo; se movía constantemente, con peligro del hacha; se agitaba a veces, como si le hubiesen capturado; se mostraba extraordinariamente inquieto y angustiado, y pegaba golpes con las piernas. En un momento, dormido, se levantó de golpe y se sacudió en la cabeza con una viga del refugio, y empezó, inconscientemente, a dolerse y sollozar. Luego se le pasaba, pero al rato volvía. La aventura de rol continuaba en su cabeza. Y yo, debajo, temiendo por mi vida.
Al día siguiente, por la mañana, nos levantamos y volvimos a Springfield, y a mi se me quitaron las ganas de jugar a rol en el monte, pues había sido un desastre. En el refugio había bidones de agua que se volcaron por la cabeza mis PJs, para refrescarse. Seguramente nunca han pasado tanta sed como en el regreso, pues no racionaron el agua y tuvieron que hacerse todo el camino sin beber.
Al llegar al camping de Springfield, recuerdo como si fuese hoy que el Maestro Ninja llevaba una bolsa de basura para tirar en los contenedores. El contenedor estaba abierto y el Maestro, graciosamente, se propuso encestar la bolsa: con un gesto pendular, osciló la bolsa una vez, otra vez, y la tiró como con impulso y desidia, y el lanzamiento pasó la valla que había detrás del contenedor y acabó en la piscina del camping, al otro lado. No había nadie. Nos piramos sin decir ni mu, allá se arreglen ellos, pensamos.
Hubo otra jornada de vergüenza ajena que contaré en otra entrada, incluso peor, que tuvo lugar también en Cerredo, y que ocurrió algo así como un año o dos después. Moraleja de todo esto: no juguéis a rol en el monte, y no mezcléis drogas con rol (si podéis).
Si os ha gustado dadme unas estrellas, que pronto contaré otros despropósitos, dignos de eterno nombre y escritura.









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