Necesitaba dejar constancia de las personas que a lo largo de mi vida se han ganado mi odio y mis deseos de mandarlos al cementerio con viaje solo de ida. Si no lo hago es porque aprecio mi libertad y estoy seguro de no ser tan bueno ocultando pruebas como para que la poli no me pille, pero dejándolo aquí escrito ya me vengo un poco y me quedo a gusto. Hoy pondré un par, y a medida que me vaya acordando pondré más.
Digo a medida que me vaya acordando porque en su día escribí una lista, al estilo Moe, cuando estaba en la uni aburrido, pero por supuesto la he perdido. Recuerdo a algunos, evidentemente, porque odiar algo es una de las mejores maneras de recordar las cosas. Ahí van dos gañapos de mi vida a los que no se la perdono. En resumen podría decirse que estas personas, si se estuviesen ahogando y yo pudiese salvarlos, no lo haría.
Un Tío Rubio y Enano de Springfield. Le llamo así porque no sé su nombre ni nada, hasta ese punto es un ser insignificante. En principio yo no tenía ningún vínculo ni nada que ver con este basuras, pero el destino y su inmenso complejo de inferioridad se aliaron para darme por saco a mí. Si le veo por la calle reconocería a la primera su enorme fealdad, pero no puedo reconocerle salvo por eso. El caso es que siendo yo un crío de unos 13 años iba a entrenar a baloncesto con otro amigo mío, el mítico Bilbo, y un día vino el Tío Rubio y Enano (en adelante, TRYE), de micropene total (2-3 centímetros a todas luces) porque era amigo de los entrenadores y venía a vernos jugar. Si yo tenía 13, esta escoria tendría entre 25-30 años de imbecilidad. El caso es que estábamos entrenando, lanzando unos tiros o alguna cosa, y yo me estaba riendo por alguna cosa con Bilbo, y solo recuerdo que él estaba a un lado del campo viéndonos jugar. Yo miré hacia donde TRYE se encontraba, y me estaba riendo, pero no de él. Él me daba infinitamente igual, a mi los tíos enanos y feos con micropene me la sudan. Pero al ver que movía mi cara hacia él sonriendo, por lo visto, se enfureció como si le hubiese escupido en la cara, se lanzó sobre mí como poseído y me tiró al suelo (recordad, doble de años que yo). Me agarró por el cuello y empezó a gritarme: «¡De mi no se ríe ni Dios!». No me estaba riendo de tí, retrasado, no eres tan importante, solo feo y acomplejado, hijodeputa. El entrenador vino a separarlo de mi, y yo me retiré asustado, no entendiendo nada, pero la reacción de Fermín (el entrenador) con el desequilibrado, me pareció muy suave, por lo que medio entró en mi lista, no de los que tengo que vengarme, sino de los pusilánimes y mediashostias. Si llega a estar allí mi padre o algún amigo que yo me sé, le revienta por todos lados al pobre TRYE, pero tuvo mucha suerte, que es lo que siempre les pasa a los tontos subnormales. Han pasado casi veinte años, TRYE, pero me cago en tu puta madre.
A. Cortizo, el poder de la Lombriz: este personaje todavía anda por el mundo cagándolo como si nada, y le conozco desde hace mucho, pues vino conmigo a parbulitos desde los cuatro años. De niño era un auténtico subnormal, y ahora también lo es, igual hasta más. Pero además de ser un deficiente de podio, este pájaro es también un malvado. Si lo primero tiene perdón porque no entra en tu poder cambiarlo, lo segundo no tiene un pase. Cortizo, si me lees, eres un HDLGP, eres una lombriz. No creo que lo leas, porque lo más que has leído en tu asquerosa vida es la condena que te metieron en algún juicio en Springfield, que una vez encontré en Google buscando tu sucio nombre. O te lo leyó el juez, porque no creo que sepas ni leer. No sé en qué movidas te metes chaval, seguramente no sería ni culpa tuya, porque tu eres el típico imbécil que otros utilizan para hacer lo que ellos no harían porque saben que se pueden meter en un lío. Pero tu entraste como un mongolo, porque es lo tuyo. El caso es que a este idiota le decían que colorease un dibujo en primero de párbulos (4 años) con mucho colorido, agarraba un lapicero color rosa, y se ponía a pintar agarrándolo como si fuese su diminuta polla y ¡ras, ras! le daba como si tuviese una brocha y estuviese pintando la pared de su habitación. En resumen, un auténtico retarded. Fijaos si sera tonto que repitió segundo de EGB, que pasaban hasta los orangutanes. ¿De dónde viene mi odio por este anormal?
Muchos años después de conocer a esta escoria, estaba yo en el Sputnik jugando a una máquina de golf que me molaba. El idiota de A. Cortizo había pasado en su gran maldad de esconder lapiceros y robar huertas (un día entró en una huerta y desperdigó todas las herramientas, diciendo que la huerta era de él, y al otro día el dueño y la guardia civil le andaban buscando; algunos chavales y yo le delatamos antes incluso que nos preguntaran) a juntarse con la peor gentuza de Springfield, que le usaban de monaguillo del mal. Uno de sus aliados era un politoxicómano perdido, que llamaremos TX. (si me dicen que ha muerto de una puñalada no me extrañaría nada); el otro un chavalín feo (Charifas lo bautizó como Carahuevo) que buscaba integrarse con los malotes para que no le pegasen. Un día, recuerdo, se cruzó con Txarifas camino del gimnasio, y Txarifas le señaló con el índice directamente la cara mientras se reía, y exclamó «¡Jajaja, Carahuevo, qué feo!» o algo así. El caso es que Carahuevo se puso gallito con Txarifas por aquella ofensa. Carahuevo, el pobre, no era de Springfield, acababa de llegar, y no conocía el paisanaje. Si llega a conocerlo, se habría tragado la ofensa y a otra cosa. Pero se quiso poner gallo con Txarifas, el mayor y más eficiente administrador de ostias del planeta Tierra. No recuerdo como acabó aquello, pero creo que Carahuevo no recibió la tremenda paliza que se merecía y que Txarifas podía haberle administrado. Supongo que otra cosa distraería al maestro del dolor, pero si le hubiese pegado, Dios no se lo habría tenido en cuenta, porque el pobre Carahuevo era una pequeña mierdecilla que ni siquiera vale para entrar en mi lista de la venganza. Puto Carahuevo HDP.
Bueno, que me disperso. Estaba yo en el Sputnik felizmente jugando a mi máquina del golf, y de pronto alguien me propinó un puñetazo en la espalda. Me giré: A. Cortizo. A su lado, TX. y Carahuevo. Tres mierdas buscando camorra al estilo hiena, tres contra uno. Muy propio de A. Cortizo, que en solitario siempre fue oportunamente ostiado, por mi de niño y por otros. Intenté dejarlo pasar, no era un combate oportuno. Seguí jugando, y al de unos segundos, otra ostia. Me volví a girar: el Lombriz, Carahuevo, y el puto drogadicto HDP, descojonándose. Las cosas se ponían feas, pensé. No quise precipitar los acontecimientos, igual ya habían terminado. Seguí jugando, y recibí una tercera ostia. Se reían como chimpancés. Me largué, dejando la partida a medias. Cuando me marchaba me pusieron la zancadilla, pero la evadí con habilidad, porque me la esperaba.
Horas después estaba esperando a Fistandantilus, alias Wolframius Rostrum bajo su casa, no sé a dónde íbamos, pero justo vi venir a A. Cortizo, solo, e iba a pasar por delante mío. Pensé en darle una tonelada de ostias en la boca, pero una luz me dijo que igual me traería problemas con su banda de amigos babosos. No lo creo, no creo que nadie vaya a pegarse por semejante lombriz. Pero en ese momento me disuadió. Me puse más al centro de la calle para que tuviese que esquivarme, él bajó la cabecita y la orejas, y pasó con total fugacidad, que viene del castellano antiguo fuir, del latín fugere, es decir, huir. Porque si algo caracterizó a A. Cortizo a lo largo de su patética vida fue un cobardía del tamaño de Júpiter, sin horizontes. Desde entonces no he tenido más experiencias con él, aunque algunos días he visto su fea cara por Springfield. A. Cortizo, alias ‘Lombriz’ me cago en tu puta calavera, HDLGP. Si tuviese un camión con una cisterna llena de agua y tú te estuvieses muriendo de sed en el desierto, te dejaría morir, cabrón, porque la mala hierba hay que extirparla del mundo o hace el mal.
Y estos dos son, por hoy, los dos mandriles de los que me tengo que vengar antes de morir, o al menos seguir odiando. Escribiendo esto alimento mi rabia y revivo la ofensa y el deseo de vengarla. Es un sentimiento de lo más sano. Para la próxima entrada, dos profesores de gimnasia: Pedro (una especie de Frankenstein pederasta) y María (una tía fea llena de inquina hacia los que éramos normales). Me cago en vuestras putas madres.








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