Lista de personas de las que tengo que vengarme (II)

El otro día estuve hablando de dos HDP que se ganaron por mérito propio mi odio visceral, y mis experiencias con ellos fueron tan intensas que aún se la tengo guardada. Yo no me olvido con facilidad de mis enemigos, aunque parezca un tío tranquilo tengo muy buena memoria para la venganza.

En mis tiempos, antes de que se acabase la libertad en España, cuando todavía era un país respetable, surgió la figura del profesor de gimnasia tocapelotas. Vi pasar a muchos, a cada cual más gilipollas: Felipe, María, Sonia, y los más auténticos y sinvergüenzas, Pedro y Manuel. De Felipe y Manuel ya había hablado en entradas anteriores, volveré solo brevemente sobre ellos, porque creo que hice un semblante bastante auténtico en su momento. Unos breves apuntes, solo.

Felipe no creo que fuese mala persona, pero nosotros le hicimos un poco las clases imposibles por su pluma infinita; mis disculpas, estés donde estés, prometo no volver a reírme de tus chandals rosa. No olvidaré nunca ese primer momento, cuando se presentó con su chádal rosa y nos dijo que tendríamos que ducharnos después de las clases, en aquellas duchas sucias y llenas de bichos, a las que Boti mayor prometió entrar solo con una escopeta: risas de todos, primer revés a la autoridad del recién llegado profesor.

Manuel era otra cosa, y aunque recientemente me dijeron que había fallecido, yo no voy ahora a decir que fue un buen profesor y una persona de bien. Era un auténtico HDP, me cago en su puta madre, un día me pegó una patada estando yo sentado. Él tendría cincuenta años y yo diez, me cago en su dios. Puto falangista, nazifascista hijo de la gran puta. Recuerdo que muchos años después de largarme de sus clases al instituto, estábamos jugando a rol en el local de Txelo de Castro, donde íbamos con mucha asiduidad. Un día vimos que en la calle estaba Manuel esperando a alguien, recto y con cara de sargento de mierda que siempre ponía y, escondido desde la puerta, Txelo, al que no dio clase pero al que informamos oportunamente del cariz del personaje, empezó a poner voces y a llamarle, ‘Manueeel, Manueeeel’, de forma subrepticia. Él, que oía como alguien se chotaba de él, tan serio como era, buscaba inquieto con la mirada a un lado y a otro sin perder la pose de oficial de las SS, pero no alcanzaba a ver a su vacilador, ‘Manueeel, me cago en tu madre, Manueeeel’. Él, todo molesto, nunca supo quién le provocaba. No lo supo jamás, y se llevó la duda al averno. A joderse.

Pues bien, hoy voy a hablar de otros dos profesores de gimnasia, de esos que se tomaban en serio su materia. En su fuero interno, supongo, creían que la gimnasia era tan importante como las matemáticas o la historia. Antes de la llegada de estos mamarrachos, las clases de gimnasia eran: nos daban un balón y nos decían, a jugar. Y ya estaba. Estos atrasados nos hacían pruebas de gimnasia, exámenes escritos y nos obligaban a preparar coreografías. Por primera vez suspendí gimnasia, pero no por falta de aptitud, sino por rebeldía, por falta de actitud. Y ahora os narraré el curioso caso.

María. Esta era una tía amargada que quería terminar con su amargura amargando a los demás. Acepté hacer las putas pruebas de resistencia, de fuerza, de agilidad y la madre que lo parió a todo. Incluso hicimos exámenes escritos, para los que evidentemente no estudié, porque gimnasia me la soplaba: a ver si os enteráis que es la asignatura menos importante, cabrones. Pero el mal llegó cuando nos quiso obligar a preparar una coreografía. Quería hacernos bailar. Yo era un tipo duro, grunge, con melenas, encabronado con el mundo y la sociedad; los tipos duros no bailan. Además, la perra quería grabarnos mientras bailábamos, se traía una cámara y todo, la hijadeputa. Lo que quería era humillarnos, seguramente porque era una feminista alucinada, me cago en sus muertos. Me negué, me opuse, argumenté los motivos por los que nunca bailaría. Y esa evaluación me pencó, pero por suerte aprobé en la evaluación final, porque yo no tenía malas condiciones físicas y en las otras evaluaciones tenía buenas notas. La media me salvó. A joderse, zorra.

Recuerdo que algunos otros springfildianos célebres hicieron grandes coreografías que nunca se me irán de la memoria. Borjita, por ejemplo, que está ya desde hace años en el otro mundo (dejó el nuestro con solo 30 años) no preparó absolutamente nada para el día de realizar la coreografía delante de la cámara, y se dedicó a quitarse los pantalones mientras le grababan, al ritmo de la música, y enseñar el culo. Simplemente maravilloso, fue la respuesta que yo debí darle también a María, enseñarle el culo a la zorra. Al año siguiente otra vez lo mismo, otra vez pencado. María, juré vengarme de tu asalto a mi dignidad. Solo puedo decirte una cosa, pasados tantos años: me cago en tu puta madre, que te den por culo. Que te folle un pez espada. Hace no mucho la vi por Springfield: vete de mi pueblo, HDP.

Pedro. Pero si María era una zorra, Pedro, esa especie de tío grande, cabezón, deforme, con la cara picada y cierto aire a Sloth, Goonies, le llevaba en nivel de hijodeputa no unos pueblos, sino provincias enteras y hasta océanos. Me cago en su puta madre. Pedro era un hijodeputa de manual, odiaba a los niños, nos insultaba y cuando nos tenía a mano nos pegaba. Nos llamaba ‘nenazas’ y ‘mariquitas’, todo muy inclusivo y progre. Una vez tenía que saltar un potro y me quedé a medias, y el hijodeputa me dio una patada en el culo mientras me insultaba, afeándome mi falta de habilidad. Ese era Pedro. Le odiaba, odiaba su fea geta. Le perdí de vista muchos años. Recientemente, mi amigo Tarnus coincidió con él en una conferencia en el instituto, y el cerdo fue con sus alumnos al acto. Se quedó atrás mientras el ponente hablaba, y en ese momento le llamaron al móvil, ¿lo apagó para no incomodar al ponente y a los que le escuchaban? Eso lo habría hecho una persona educada, pero este HDP contestó al móvil y se puso a hablar en voz alta, incordiando a todos. No entiendo como puede seguir dando clases, los padres se quejaban continuamente de sus formas de neandertal, y hasta escuché que tuvo una denuncia por pederastia, supongo que manosearía a alguna niña, el grandísimo hijo de la gran puta.

Pedro, tú sigue esforzándote, puto Sloth, el infierno está lleno de hijosdeputa como tú, que no te quiten la plaza, cabrón.

3 respuestas a «Lista de personas de las que tengo que vengarme (II)»

  1. […] El tío de Txelo, el gran Txutxo, limpió todo aquello y lo dejó más presentable. Encontramos un buen cubil para jugar a rol, cuando fallaba el txoco de maese Zevo, del que hablaré. Con una mesa y unas sillas, allí jugamos a todo, digo A TODO. ¿Debió ser a principios de los dosmiles? ¿Finales de los noventa? Ayuda, Txelo. Sí sé que algunas aventuras de la campaña de Ravenloft se jugaron allí, por tanto, primera década del siglo, no puedo especificar más. Pero allí jugamos: a Dungeons&Dragons: Ravenloft, Forgotten, ¿Dark Sun?; al Dragon Strike de Txelo, una especie de Heroquest; a un juego que me inventé yo entre Heroquest y rol; a pachangas varias; allí jugué la aventura más infame de mi vida, Hamanu la recuerda bien. Se jugaba todos los días. Cuando te aburrías en casa, bajabas al Bareto, seguro que había alguien jugando a rol, daba igual a qué. Casi siempre andaba Txelo por allí, y si no había partida, nos la inventábamos. Era nuestro lugar de reunión en aquella feliz época. Recuerdo asomar a la puerta para ver en la calle a la Lucre pegándose con otra asquerosa, y a Txelo escondido desde el umbral chotándose de Manuel, el profe nazi de gimnasia, ‘Manueeeel… Manueeeel…’ le decía. […]

  2. […] Como ya he adelantado al hablar de Pistojo, estos son malos de baja intensidad. No son A. Cortizo o Pedro el de gimnasia, auténticos villanos de James Bond de nuestra era. Pistojo y Julio lo intentaban pero no tenían […]

  3. […] a este Javier: me las tuve que ver con él un día cuando, en medio de clase de gimnasia con la nunca lo suficientemente odiada María, me puse a aullar. ¿Por qué hiciste eso, Friktor? No lo sé, la tenía tanto asco que supongo fue […]

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