
Hace tiempo anuncié que escribiría esta entrada, aunque hay reticencias entre mi antiguo grupo; pero creo que merece la pena para guardar noticia de las cosas del pasado, que no siempre son agradables. Estos días hablaré de cuatro casos, los que mejor recuerdo, aunque sé que hubo más. Tres me afectaron directamente, el cuarto no, pero lo incluyo porque merece la pena dejarlo grabado en la historia por lo gracioso. Hoy hablaré de dos casos, en la próxima entrada de los otros dos, entre los que incluiré la joya de la corona.
Primer asalto. A. el Cabezón.

He hablado en varias ocasiones de este singular personaje de Springfield, con el que estuvimos jugando a rol una época, aunque nunca supe muy bien de dónde salió. Era rolero viejo, porque se sabía las reglas al dedillo y actuaba como una especie de docto erudito en la materia. Todo un falaz trampantojo, pero la gente se lo creía. Recuerdo que también jugaba con mi hermano, pero con él no le valía su grosero minmax tocapelotas que llevaba el retorcimiento de las reglas hasta el extremo de lo ridículo. A mí me inflaba también el escroto, pero lo toleraba por el bueno rollito, estamos entre amigos, déjalo pasar.
A. el Cabezón tenía una mala costumbre, y era autoinvitarse a partidas sin consultar con nadie. Sabía que jugábamos en un lugar llamado el txoco de Zevo, allá a finales de los noventa, y solía pasarse por allí para ver si pillaba algo. Lo toleré siempre, incluso sabiendo que venía a reventarme sus partidas con gilipolleces de minmax. Hasta tal punto soy un santo. Pero hubo un día que me superó, y se convirtió para siempre en mi enemigo íntimo.
Ese día estábamos jugando a Fiesta de Goblyns, y tenía la partida sobrepoblada porque todo el mundo se apuntó, y aunque me jodía, no dejé a ningún amigo fuera. Un grupo ideal para mí es de 4-5 pejotas, un grupo jodienda es de 6-8 pejotas. Pero no tolero grupos por encima de ocho, son un coñazo, ingobernables. Pues bien, yo tenía a ocho ya y era mi límite, lo había hecho público, no quería a nadie más, y mis pejotas lo entendieron a la primera. Pero A. ‘el Cabezón’ no venía con nosotros a clase ni al instituto, él era mayor que nosotros. No se enteró, vamos. Y ese día se pasó por el txoco a ver si pillaba cacho, dándole igual si era bienvenido o malvenido, y viendo que había partida y prometía diversión, pidió hacerse pejota para empezar a enredar con las reglas y así joderme la tarde. Y le dije que no.
Le dije que no porque, argumenté, éramos demasiados y ya había anunciado antes que no cogería a nadie más. Indignación de ‘el Cabezón’, rebote. Además, aunque no lo dije en ese momento, no quería a un pelma que me podía dinamitar la sesión con su alquimia de friki de las reglas. Se marchó muy molesto, habrase visto, ‘a mí, un rey de los dados y los dungeons’.
Han pasado más de veinte años, quizás veintitrés ahora que escribo esto, y no me ha vuelto a hablar. Creo que desde entonces soy más feliz.
Segundo asalto. Zulo, alias Zorro.
Con Zulo sigo teniendo buen rollo, porque aquel malentendido creo que se solucionó favorablemente. Zulo jugaba con nosotros en una etapa muy productiva, también finales de los noventa o principios de los dosmiles, porque recuerdo que la campaña era de Ravenloft, y eso fue después de Forgotten, esto es, 1999 en adelante.

Debo aclarar que yo nunca llamaba a mis pejotas para convocarles a jugar. Yo hacía pública la convocatoria en clase o en el Sputnik, y la peña se comunicaba, unos con otros, y venían. A Zulo, por no estar en mi círculo inmediato, le solía llamar otro ínclito springfieldiano llamado Hiberlas, y le convocaba como el rey a sus huestes. Jugábamos en el Bareto, eso lo recuerdo perfectamente, que era un local de Sin Bowen, alias MadMardigan, y que en aquella época fue un gran centro del rol springfieldiano. Allí jugué la partida más infame de mi vida, que dejo para una entrada futura. Pero guardo muy buenos recuerdos, que en su día recuperaré para disfrute de propios y extraños. Haré una entrada del Bareto, lo merece.
Pues resulta que jugábamos a Ravenploft, convoqué la hueste en clase, y por una infeliz coincidencia, aquel día nadie avisó a Zulo. Nos juntamos y en mitad de la partida, de alguna manera se había pispado, Zulo apareció, y me afeó no haberle dicho que jugábamos. Insisto, yo nunca avisé personalmente a nadie, yo lanzaba el anuncio y la gente se intercomunicaba. Que no le avisaran fue una coincidencia de la mala fortuna, y a mi me extrañó que no viniera. Pero estábamos, y estamos, acostumbrados a que siempre falte alguien, y a jugar los que nos reunimos, porque si tuviésemos que esperar a reunirnos todos sería imposible jugar un solo día. Y la mochila me la cargué yo.
Zulo estuvo enfadado conmigo unos años, me dejó de hablar, no quiso venir de nuevo a jugar conmigo durante bastante tiempo, pero por fortuna aquello fue superado y hoy en día juega conmigo de nuevo, no me la guarda como ‘el Cabezón’, que morirá odiándome.
Y estos son los dos casos de hoy. No os perdáis la siguiente entrada, la última picada es de lujo.








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