Para escribir este baúl voy a tener que retroceder casi hasta el origen de mi afición al rol, pues dejé esta etapa olvidada en el trastero de la Historia, por considerar aquellas partidas de ínfima calidad, pero debo reconocer que tuvieron importancia en mi vida de tunante-adolescente. Y todo me vino a la cabeza el otro día, cuando Hamanu de Urik me recordó cosas que yo había condenado al olvido.

En toda esta historia tuvo una importancia crucial un springfieldiano del que no he hablado mucho, pues no estuvo integrado en el grupo insignia con el que todavía juego (el de Dragonlance), pero no por ello merece menos gloria. Llamemos a este gran rolero A. C., al que mencioné en Momentos Gloriosos III con motivo de las hazañas del gran Crom. A. C. fue una de mis influencias fundamentales en los primeros años de rol, venía conmigo a clase en EGB y era un flipado del Señor de los Anillos (el libro, cuando aquello no había películas ni pollas), coleccionaba miniaturas y jugaba a rol con otro zascandil, Roberto, que tiene también sus cantares dedicados en Springfield, no para bien. Jugaban en una plaza llamada la Porticada, porque no tenían sitio privado para reunirse, sus partidas eran de infimísima calidad: hacían mucho el tonto, instigados muchas veces por el propio pláster, Roberto. A. C. me dijo que me presentaría a Roberto, que me llevaría bien con él: pero yo ya conocía al pájaro, había jugado al Heroquest con él en casa del Maestro Ninja, debo afirmar que con buenísimas memorias. Recuerdo que en la Porticada jugaban maleantes de distintos pelajes y dispares destinos: Basurillas, también llamado Mierdecillas; Raúl Rulo, A. Abad, Txarifas, y otros ¿Cuántos años tenía yo entonces, 13-14?

Esta es la portada del primer Cthulhu que compré, hace mil años, nunca me arrepentí. El juego merece la pena para cualquier friki del rol.

¿A qué jugaban? Aquello fue lo mejor. Ninguno de ellos se enteraba de mucho, el rol era un medio para estar entre amigos, pero no lo vivían verdaderamente. Les daba igual jugar a Cthulhu que a Star Wars. Pero gracias a mis contactos con aquellos malandrines (yo jugué más bien poco porque yo sí me lo tomaba en serio) conocí La Llamada de Cthulhu. En realidad pronto me alejé de ellos, pero no sin antes pedirle a A. C. que me dejase La Llamada para fotocopiarla. Este libro magnífico que ahora tengo en varias versiones, a principios/mediados de los 90 era difícil de encontrar. No había tiendas de rol, ni Amazon, ni internet, pero por Springfield pululaba una versión pirata fotocopiada aunque solo en parte, de manera que una porción importante del libro estaba desparecida. Nos daba igual. Fui a una librería a fotocopiarla, porque cuando aquello no había copisterías. Creo que me costó 2000 pesetas o así, lo correspondiente a 12 euros ahora. Aquello era una fortuna para mí y para cualquiera en los 90, pero valía la pena gastarlo por Cthulhu.

Esta es la portada de la revista en la que publicaron mi módulo ‘Flesh Festival’, la tengo por casa.

A La Llamada jugué muy poco. Desde luego no con los de la Porticada, que pasaban del rol, sino alguna vez suelta con mi hermano Hamanu y mi primo, Tulitantulento. Este nombre peculiar no es injurioso en modo alguno: cuando mi primo más pequeño, Igor, siendo bebé, empezaba a articular sus primeras palabras, llamaba a mi primo, Luis Alberto, Tulitantulento, o algo así. Me pareció gracioso y por eso lo recuerdo. El caso es que al Cthulhu se podía jugar con dos pejotas, era un tipo de juego muy peculiar. No trataba de combates, sino de investigaciones, eso le daba otra dimensión de juego muy atractiva, y rompía en cierta manera las ataduras de otros reglamentos. Pero era difícil jugar porque requería mucha preparación, mucha implicación del pláster, y también ingenio y lecturas para idear aventuras que valiesen la pena. Merece la pena apuntar, llegados hasta aquí, que la única aventura oficial firmada por el menda es una aventura de La Llamada publicada en EEUU, allá por 2009: ‘Flesh Festival’. Me hizo mucha ilusión, pues gané un concurso de módulos y me premiaron con un lote de productos de Chaosium que nunca reclamé, pues estaba fuera de España y habría sido un coñazo cargarme de libros o yo qué sé. La aventura tiene una página en wiki y todo, me flipa las vueltas que le dan los yankis sugiriendo ambientaciones y movidas, hasta se piensan que soy un franco-canadiense, por las peculiaridades de mi inglés. La verdad es que una búsqueda en Google revela que este módulo ha tenido más impacto en el mundo que mi tesis doctoral.

Aquél día Gustavo aprendió a no meterse en cementerios al anochecer. Lo aprendió llevándose un escopetazo mortal como escarmiento.

Bueno, volviendo al tema. Jugué poco al Cthulhu, siempre como pláster, hubo alguna ocasión graciosa y memorable, como una partida que jugamos en el monte (sí, habéis acertado, en Cerredo), con el irrepetible Gustavo, no la rana sino un ser humano, al que le quité las ganas de jugar a rol para el resto. Hay una foto por ahí, de todo el grupo presumiendo y enseñando la hoja de personaje y Gustavo a punto de llorar por haber muerto miserablemente. Terminar la partida vivo en Cthulhu era cosa seria. Los pejotas con mucha frecuencia morían horriblemente. Ese día fueron al cementerio donde un enterrador siniestro estaba despojando las tumbas de cadáveres para dar de comer a unos gules, y entraron sigilosamente para sorprender al mamón con las manos en la masa. Pero fallaron las tiradas y el enterrador los descubrió, y les dio la bienvenida con una escopeta de dos cañones. Intentaron zafarse, pero el enterrador le ganó la iniciativa a Gustavo y le metió un cañonazo a bocajarro que lo mandó directo a mejor vida. Era la primera vez que jugaba a rol, y para celebrarlo le metí plomo a bocajarro. El resto del grupo todavía está vivo, esperando la revancha.

Otra partida de Cthulhu se jugó en el bar de Crom, puede que fuese la vez que un borracho vino pidiendo agua, y yo se la negué. Lo comenté en otra entrada. Fue una aventura guapa, 4 o 5 horas sin combates, solo al final unos tiritos y ya está. Uno acabó con un balazo en una pierna, eso fue todo. Pero lograron superar la aventura. Crom lo llevó muy bien, porque le gustaba Cthulhu, además es un purista del rol, con él se podía jugar. Hay gente con la que no se puede jugar a Cthulhu. Hubo otra partida en Cerredo, la última, bastante currada y ejecutada conn bastante éxito, pero sin pena ni gloria. Hablaré de ella en otra entrada. Pero poco más, no he jugado mucho a Cthulhu, no es fácil encontrar gente para jugar, a la peña le da un poco de miedo, la media de pejotas fiambres por partida es muy alta. Las partidas de Cthulhu se jugaban por ramalazos míos entre campaña de D&D y campaña de D&D, normalmente porque había acabado hasta los cojones de goblins y guerreros-mago.

Juventud borracha

El caso es que A. C., que fue un poco el instigador, desapareció pronto de mi vida rolera. Los motivos son varios, y no me siento orgulloso de ellos. Cuando íbamos llegando a los 15-16 años, la gente del rol empezó a darse a la bebida y a consumir cosas. Eso no está mal si controlas. A. C. se había mantenido al margen de esos usos viniendo con nosotros y jugando a rol, pero al juntarse con los malandrines de mi grupo, todo saltó por los aires, y se aficionó. Le perdimos de vista, nunca más jugó con nosotros. En aquella época recuerdo que jugábamos en el garaje de mi abuela, todavía no había empezado la campaña de Dragonlance, lo que nos lleva a 1997 o antes.

Los recuerdos son muy difusos, pues han pasado muchos años. Recuerdo que A. C. fue uno de mis introductores en los perros viejos, que cuando aquello no eran viejos. Recuerdo que él me pasó dos perros muy conocidos y que tenía en su PC 386, un instrumento de la prehistoria que lo jóvenes no podéis comprender. Uno era el ‘Day of the Tentacle’, una divertida aventura gráfica que hoy en día nadie podría jugar; también me pasó el ‘UFO: Enemy Unknown’, un juego épico que podría instalarme y jugar ahora mismo. Me los dejó en un par de disquetes de aquellos que tenían capacidad para 1,5 megas, que tenías que instalarte dominando mínimamente MSDOS. Siempre daban problemas y te cagabas en sus muertos, pero de alguna manera siempre conseguías instalarlo. No había otra manera de pasarlo de un ordenador a otro, el CD era el futuro, grabar CDs ni os imagináis, era Star Trek.

Day of the Tentacle, un recuerdo del mundo prediluviano.

Puntualicemos una cosa. En 4º de la ESO nos enseñaban a hacer operaciones mínimas con MSDOS, la utilidad de ese conocimiento, imagináos, inconmensurable. Había una clase de informática que nos daban en la sala de ordenadores, en un aula en lo más alto del insti. En las inmediaciones de ese aula se produjo la pelea eterna en la que Crom y D. Barba se pegaron con toda la clase, y yo vi a cámara rápida por algún resbalón de mi cerebro. El profesor de informática era un personaje anodino y pánfilo, de apellido Antolín, que ya entonces suplicaba jubilación. Hace poco le vi en el insti cuando fui a apuntarme a clases de francés para viejos; seguía trabajando, veinte años después.

Total, que gracias a A. C. conocí dos grandes juegos, además del Cthulhu, pero hubo más, pues él me pasó por aquella época el Aquelarre fotocopiado, pero no hablaré de ello en este baúl. Aquelarre fue otro descubrimiento, jugué a él, pero de una manera parecida al Cthulhu, de manera muy ocasional. Hablaremos de ello.

2 respuestas a «El baúl de los recuerdos roleros VIII»

  1. […] castigo llegó por mano de un personaje del que ya he hablado, Roberto, que fue bien conocido también y de alma rolera, y llenó páginas, cantares y hasta inscripciones […]

  2. […] y Carlos, otros dos célebres springfieldianos. El máster fue un friki del que ya he hablado, Roberto, que por aquellos tiempos era amigo de los otros dos hasta que terminaron a fostias, pero esa ya es […]

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