Buenas, frikinavegantes. Tenía ganas de retomar esta sección vengativa porque me gusta exprimir mi ingenio para ofender a personajes tan anodinos que nadie en la historia recordará, salvo yo por su vileza. Y esa es una manera de venganza muy sutil, reconocedlo. Hoy vengo a hablar de dos personajes que a su maldad suman el retraso mental, tanto que parece que una cosa les empuja a la otra. Los recuerdo con cariño, pero espero no ver sus caretos nunca más. Uno de ellos es un tonto calavera llamado Pistojo; el otro un profesor malvado llamado Julio. Espero que os divirtáis.
Pistojo. En Springfield había un chaval al que llamaban ‘Pistojo’. Se lo llamábamos desde que tengo uso de razón, yo no había ni nacido y ya le llamábamos Pistojo. No se llamaba así, claro, yo sé su verdadero nombre, pero todo el mundo le conocía como Pistojo. Yo creo que hasta él ha olvidado como se llama, y firma como Pistojo. Evidentemente su madre no cogió el día del bautizo y al verle el careto dijo ‘se va a llamar Pistojo’, las cosas no son así, pero la sabiduría popular le rebautizó para siempre. No sé a quién se le ocurrió, pero tiene mi aplauso. No os apiadéis de él, no era trigo limpio. Su peculiar mote se debía a que tenía un ojo mirando a la Meca y otro a Medina. No sé que es de su vida desde que se acabó el instituto. Me dijeron que tuvo que largarse de Springfield por una cuestión de drogas, básicamente para proteger su vida. No me extrañó demasiado, era lo suficientemente tonto para meterse en ese lío y en otros peores. No sé si habrá vuelto o habrá encontrado un motivo para quedarse en otro sitio, lo que sería una buena noticia. Debo decir que Pistojo era muy tonto, pero además de eso, era malo. Ignoro a qué se dedicará ahora. Era muy feo, así que modelo seguro que no es. Estoy convencido de tres cosas: de que no está haciendo nada bueno; de que no está haciendo nada inteligente, y de que no está haciendo nada provechoso para sí mismo. No es que yo sea Rappel, es que tengo dos dedos de frente y sé observar a estos personajes de mi tiempo.

Mi odio hacia este sujeto se sustenta en poca cosa, pero suficiente para que no me olvide de su fea cara: un día se rio de mi, y otro día me hizo una zancadilla, sin éxito. Yo no tenía ninguna relación con él, nunca la he tenido, nunca he cruzado una palabra con ese ser que me era indiferente ¿por qué me haces zancadillas, por qué te burlas de mi, deficiente? Pistojo no pensaba que yo tuviese tan buena memoria, pero tiene suerte de que no soy rencoroso. Si escribo esto es para que no se me olvide, me gusta recordar cosas de mi infancia-adolescencia y hacer un poco de chiste con ella; su ofensa fue de baja intensidad. No le empujaría por un precipicio, ni le chaparía un perro rabioso. Quiero decir que el nivel de infamia de Pistojo no se acerca al de A. Cortizo, el emperador de la mugre. Tengo la suerte de que puedo escribir esto con la certeza de que no lo leerá, pues lo más que ha leído este infame en su vida es alguna multa que le habrá puesto la poli por conducir borracho o por exceso de velocidad, y lo habrá leído con dificultad. Este es el percal.

Un día, fuera del insti, llamé a alguno de mis amigos de una acera a la otra, levantando evidentemente la voz para hacerme oír. Era en horario de clase, así que supongo que yo estaría en ese momento fuera de la ley. Resulta que el birojo estaba también haciendo pira, sentado en un portal cercano con algunos de sus colegas basurientos. Lo mejor de estos idiotas es que hacían pira para sentarse en un rincón y aburrirse como ostras. No eran como el maestro Crom, que fumaba petardos y recitaba las bienaventuranzas en el rincón que os comenté en otra entrada. El caso es que el Pistojo hizo burla conmigo imitándome en voz alta, desfigurando la voz para reírse de mí con sus amigotes, que hoy seguramente serán presidiarios o estarán un palmo bajo el suelo. Debió tener éxito en su burla, pues los orangutanes lanzaron algunas risotadas grotescas. Este tipo de sujetos, de cuya infamia A. Cortizo es capitán general, no se atreven a nada cuando están solos, y si se meten contigo es porque se sienten seguros en su grupito. Evidentemente pasé de ellos, pero como veis los tengo fichados. Hace más de veinte años, igual 23 o 24, sería el 98 o el 99 cuando ocurrió esto. Pero yo tengo buena memoria cabrones, por eso os lanzo esta damnatio a través del tiempo.
Otra ocasión de choque con este deficiente tuvo lugar en la Dársena. Para los que no sois de Springfield, la Dársena fue un lugar memorable, una sala de juegos donde nos reuníamos los jóvenes springfieldianos, los calaveras y los rockeros de corazón, y de la que guardo gratos recuerdos, aunque las recreativas eran de antes de Drácula y de después de Viriato, es decir, de hace cien mil años. Pero también había billares y futbolines, y allí se iba a reírse y a pasar el rato, las máquinas eran lo de menos.
El caso es que para acceder había que descender unas escaleras, donde a veces se sentaba la peña, dejando un espacio para subir y bajar. Y aquel día Pistojo estaba sentado allí, colocado estratégicamente y, cuando pasé yo para bajar a la sala de juegos, el pobre personajillo de hermosura discutible y mirada extraviada me hizo una zancadilla con la esperanza de poder echarse unas risas viéndome rodar por la escaleras. Podría decirse que intentó asesinarme, el mongolo. Pero yo tenía un sexto sentido para los subnormales, y como pasaba al lado de él alerta porque sabía que era retrasado y malo, vi perfectamente como él tendía la pierna y la pude esquivar oportunamente, de tal manera que se quedó sin risas.

Como puedes ver, Pistojo, yo no olvido lo tonto que eres. Pero lo que más rabia te va a dar es que en el fondo te tengo cierto aprecio, pues sin tu tontuna mi vida habría sido un poco menos graciosa y un poco más aburrida. No habría podido nunca escribir estas graciosas líneas. Tu eres parte del Compendio de Monstruos de mi existencia y, como el jugador de rol que observa al troll con añoranza en entre sus papeles, yo te invoco en mi memoria y exhalo un suspiro de melancolía. Melancolía por los malos inofensivos, los Pierre Nodoyuna de la vida, y los tontos de bandera que se han ganado con sus méritos una plaza en el podio de la deficiencia mental. Qué tiempos, pienso. Jódete, Pistojo. Pistojo, Pistojo.

Julio el Malo. En 1º o 2º de Bachillerato teníamos un profesor que era un auténtico mamarracho, Julio el Malo. No me acordaba de su fea cara ni de su mala educación, pero gracias a una amiga de aquellos tiempos remotos, B. L., he conseguido recordar sus formas de neandertal grosero. Yo creo que ella tiene mejor recuerdo de él que yo, pero es normal, porque mis recuerdos sobre este pájaro son espantosamente malos. Y todo fue por una cosa que me hizo y no se me olvida, de arbitraria, chulesca y prevaricadora que era.
Me recuerda B. L. que el susodicho, en aquellos tiempos, nos encargó hacer una fotonovela. Yo creía que eso lo habíamos hecho con otro sujeto, llamado Miguel, que nos llamaba ‘mamoncetes’ y solo atendía con entusiasmo a las tías de pecho voluminoso y turgente. Los demás éramos gentuza. Pero estaba equivocado: fue Julio el Malo. No recuerdo muy bien la fotonovela que hicimos mi grupo, sí recuerdo que yo bajé una tarde que ya había anochecido a hacernos las fotos, y que tenía el papel de un poli o un gángster que llevaba una pipa. Recuerdo que se la ponía en la cabeza a alguien, no me preguntéis más.

Pues bien, ¿por qué odias a este menda, Friktor? No puedo decir que le odie. Como ya he adelantado al hablar de Pistojo, estos son malos de baja intensidad. No son A. Cortizo o Pedro el de gimnasia, auténticos villanos de James Bond de nuestra era. Pistojo y Julio lo intentaban pero no tenían talento para el mal, eran como el caracol de Lucifer, que va dejando una senda de infamia, pero apenas visible. Hasta cierto punto son entrañables. El caso es que Julio el Malo, un día, salimos al patio para hacer alguna actividad exterior. Yo tenía unas pipas que había comprado en el Sputnik y, como no habíamos entrado en clase, pues seguí comiéndolas mientras El Malo daba instrucciones de la actividad que íbamos a realizar.
Ya sé que me vais a decir que eso no estaba bien, y reconozco que tenéis razón. No debería haberme puesto a comer pipas en horario de clase, daba igual que estuviésemos fuera. Quizás las hubiese tirado, si no fuese porque El Malo estaba FUMÁNDOSE un CIGARRO como un PEPINO delante de toda la clase. Claro, eso me animó a seguir con mis pipas: si tu te pasas las normas por el forro, ¿por qué yo no? Y me diréis: él era el profesor. Y yo os diré: pero ser el profesor no te autoriza a pasarte las normas por las pelotas. Así que, con muy malas formas, como lo hacía él todo, me dijo que tirase las pipas mientras le daba otra calada al trujas y yo me cagaba en sus muertos.
Disfrutaste de tu victoria aquél día, Julio el Malo, pero hoy he venido a vengarme y a acordarme de tus muertos, cabrón. Usaste tu poder arbitrario para quitarme las pipas, y yo me vengo como mejor sé, que es dedicándote una entrada en ‘Personas de las que me tengo que vengar’. Cuando me hurtaste a mí hacia más de veinte años ya eras moderadamente viejuno, hoy parecerás una momia zombie de los incas. Seguramente nunca leerás la entrada, porque estarás quitándole de las manos las gominolas a algún niño, pero yo me quedo más bien que Dios. Cabrón.








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