Hoy vengo a inaugurar una nueva sección, a la que tengo el placer de bautizar como Crónicas Prehistóricas. Llamaré así a todas las mierdas que comente anteriores al año 1990, es decir, la Prehistoria. Esta entrada llega muy profundo a mi corazón, pues imaginaos lo que significó esta máquina, el Spectrum +3, en la vida de un niño que ha sido tan vicioso de los ordenadores toda su vida, como un asqueroso yonki. Espero que la disfrutéis tanto como yo vomitándola.
Pues bien, la culpa de todo la tuvo Hamanu de Urik, que tuvo la fortuna de comulgar en los años 80, así de viejo es, el cabrón. En aquella época, los buenos cristianos comulgaban a los nueve años. Hoy en día ya no hay cristianos ni nada, solo pecadores sin posibilidad de salvación. Pues bien, teniendo en cuenta que el bueno de Hamanu nació en 1980, esto nos lleva hasta 1989, un año maravilloso donde la gente tenía libertad y en España había democracia; la música era cojonuda, la deuda baja y los niños jugaban en la calle que, en el caso de Springfield, es casi como decir que jugaban en el monte, ahí, en los márgenes de la civilización. Era maravilloso. Bajabas a la calle y estabas rodeado de huertas, vacas y ovejas, y cuando llegaba la mañana te despertaba un gallo. ¿Qué hay ahora? Ahora hay mierda. Políticos españoles: que os follen, hdp.

Perdón por desviarme. Pues resulta que en 1989, a Hamanu, mis abuelos, con motivo de su comunión, le regalaron un extraño artefacto que a todos nos sorprendió por su novedad y sofisticación. Los juegos más maravillosos que habíamos visto hasta entonces eran maquinillas portátiles de Donkey Kong, cochecitos o Comecocos. Un ordenador era un salto brutal en la evolución, tened en cuenta que en casa solo había una tele enorme de tubo, descolorida, con un mando a distancia como un tablón; la radio era como una tostadora del tamaño de un microondas de cuando la guerra, o de cuando Drácula, no sé. Con mucha excitación lo enchufamos, y empezamos a enredar cosas sin mucho conocimiento.
Recuerdo el primer juego. Era el ‘Phantomas’. Los jóvenes de ahora, si lo vieseis, vomitaríais. Para mí, con siete años, era algo maravilloso e irrepetible. Si no vieseis porno, cabrones, todas las tías os parecería que están buenas. Bueno, todas no, pero muchas más que ahora. Era una pantalla sin prácticamente gráficos, en la que había algunas plataformas y unos iconos de colores brillantes, que se podían coger. El muñeco que manejabas, un borrón blanco con una lejana semejanza con un ser humano diminuto. Saltaba y caminaba, la animación igual tenía dos o tres frames. Algunos enemigos monocromáticos se movían por la pantalla en movimientos repetitivos: subían y bajaban, iban y venían, pero nunca cambiaban su patrulla. Una auténtica basura para los observadores de hoy, gloria para los que lo vieron en los 80.

Lo más maravilloso llegó después. Porque yo estaba acostumbrado a juegos de una sola pantalla (Comecocos, Donkey Kong) y, al caminar con ‘Phantomas’ hasta el límite de la pantalla, ¡cambió y salió una pantalla nueva! No cabía en mí de sorpresa, eso era algo incomparable. Y todavía descubrimos muchas pantallas más. ‘Phantomas’ incluso viajaba hasta la luna en un cohete y hacía cosas raras. Luego descubrimos otro juego de ‘Phantomas’, en el que se movía por el castillo de Drácula. El sonido era aberrante (lo veréis en el vídeo), la experiencia, al cabo de horas, agotadora por su espantosa jugabilidad y pobreza tanto visual como auditiva. No era recomendable para gente depresiva. Todos los demás juegos eran parecidos. A veces mejoraban en aparato gráfico o sonoro, mostraban más colorillos en pantalla o eran más jugables. Pero nunca para tirar cohetes. Hablemos de algunos de esos juegos.
De mis primeros juegos fueron el Army Moves y el Navy Moves, pero apenas los disfruté porque los disquetes, del tamaño y envergadura de una libreta de contabilidad, se petaron casi sin usarlos. Es curioso que todos estos juegos eran de programación española, pues en aquellos años había una industria de videojuegos españoles muy celebrada. Además, las portadas de los juegos las solía hacer un tío que ya se fue, un tal Alfonso Azpiri, que dibujaba siempre, para atraer a los niños, tías buenas de tetas apretadas o culos potentes. Así eran los 80, jóvenes. Hoy los niños ven porno con 8 años.
Tuve muchos juegos por aquella época, unos mejores que otros. Algunas dejan buenos recuerdos, otros pesadillas. Los que más me gustaban y me dieron los mejores momentos fueron el Corsarios, Continental Circus, Tour ’94, Tuareg, Mutant Zone, Indiana Jones and the Last Crusade y algún otro. Los más terroríficos e inquietantes fueron el Purple Saturn Day, Toobin, Tom&Jerry, Time Out… me iré acordando de más. Aunque vistos desde hoy, todos eran horripilantes… lo digo antes de que me censure el Maestro Ninja. En las próximas entradas hablaré de algunas de estas basuras.
Para mí, el Spectrum +3 tuvo otra faceta, incluso más importante que la de jugar a juegos mierder. Hacerlos. Porque el Spectrum te daba la oportunidad de entrar a un área donde se podía programar, y le acompañaban unas instrucciones que guardo por casa donde se enseñaban los procedimientos básicos de programación. Incluso había un juego ya hecho, el Rebotes, que era una especie de Arkanoid muy básico que te permitía aprender cosillas si estudiabas las líneas del programa. Yo le di mil vueltas al Rebotes y a otros juegos que me inventé y que nunca terminé, de los cuales fue insigne mi última y más currada propuesta, el The Dark Day, donde llegó a haber incluso una lucha con una criatura monstruosa de tres cara llamada Syndrome, lo más emocionante que hice antes de dar el salto al PC (¿estaremos hablando de 1994, 1995? ¿Quizás antes?). El juego de Syndrome tenía tanto código que el programa se petaba al intentar cargarlo, y llegué al punto de que no podía seguir programando, porque el mismo Spectrum me decía que había llegado al límite del código. Toda esta mierda no penséis que lo hacía en mi habitación, en un escritorio digno de cualquier cerebrito. Tenía 10 u 11 años y lo programaba en la cocina de casa, con la tele nueva de tubo de principios de los 90, mientras mi madre cocinaba.

Yo creo que a la altura del 95 ya teníamos la Super Nintendo, por lo tanto habíamos descubierto la gloria de Dios. Un Mario World, un Castlevania IV, aquellos eran juegos de verdad, los de Spectrum no se sabe muy bien lo que eran. Bueno, cumplieron su función, que fue divertirnos en los años de Oro de las vidas de estos viejos. El Maestro Ninja solía venir a jugar, ahora dice que eran juegos de mierda, pero bien que los quemabas, cabrón. Eso es lo que piensan los chavalines que leen esto, se apiadan conmigo por mi vejez, pero yo lamento las vidas tan tristes a las que han sido condenados, todo el día con el careto pegado a la pantalla de un Iphone. Nunca jugaréis a la pelota en medio de la carretera de barrio, por la que pasaba un coche a la hora, ni os dormiréis escuchando a los grillos al anochecer, ni os perderéis en el monte al salir de la escuela. Y os haréis viejos igual.
Pero todo da igual, en realidad. Hace poco busqué en mi casa el Spectrum, quería conectarlo para ver el Dark Day y recordar viejos tiempos, pero no lo encontré. Le pregunté a mi madre, me dijo que no sabía donde estaba, que lo habría guardado yo y no me acordaba, pero me mentía seguro. Lo ha tirado a la mierda, y no me lo quiere decir para no discutir conmigo. Eso mismo harán conmigo cuando llegue el momento: tirarme a la basura como un trasto inservible. Sic transit gloria mundi. ¡Pero yo dejaré muchas cosas escritas para cagarme en vuestros muertos eternamente, cabrones!








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