Estos días, escribiendo locuras por estos rincones del inframundo, me acordé de unos acontecimientos que hicieron temblar el mundo de la indescriptible infamia de sus protagonistas, yo era uno de esos malandrines, y no me siento orgulloso. Es un caso del que hay que decir tanto que me limito a él, así me puedo explayar en la época y los condicionantes del terrible e inhumano desenlace. Nadie fue igual después de aquello, pero éramos niños, suplico clemencia.
Charli de Gante pero sin Gante
Este personaje merece cantares de gesta, aunque ahora se ha formalizado y ya no es tan épico como era. Suelo referirme a él ente blog sacrílego como Fistandantilus, Wolframius Rostrum, Raistlin. Creo que alguna vez también le llamé Charleston. También, las más de las veces, usábamos de apelativo Charli de Gante pero sin Gante, ya me entendéis. Sea como sea, ahora que somos hombres maduros, gente de bien, le llamo por su verdadero nombre, que no voy a consignar. La historia que voy a contar me produce cierto rechazo, pero puedo hacerlo porque aquello ya pasó y el tío está bien, mucho mejor que otros maleantes como yo mismo, ha triunfado en la vida y el Niño Jesús le tiene entre sus favoritos. Vamos al tema.

A mi de pequeño, muy jovencito (ocho años o así) mis padres me metieron en una particular de inglés. Cuando aquello se convirtió en algo común, el inglés, nos decían, abría puertas al futuro. Vale, muy bien. Mis recuerdos de aquel lugar son agridulces, sufrí gran vergüenza allí y la hice pasar a otros, casi prefiero no recordarlo. Me cago en el inglés. Pero también es cierto que hice grandes amigos para toda la vida. Uno de ellos fue un tal Charli de Gante pero sin Gante. Era un año mayor que yo e iba a un colegio de monjas. Yo era un lumpen, iba a una escuela pública para delincuentes y malhechores que jugábamos Círculos y organizábamos certámenes de peleas. El caso es que cogí buena onda con Raistlin, porque le molaban las mismas cosas que a mí: videojuegos, ordenadores, consolas… y más adelante juegos de rol (un día explicaré cómo empecé a jugar a rol, animado por las noticias de la tele que decían que los que tal cosa hacían eran locos homicidas). No sé cuantos años compartimos de particular de inglés antes de que ocurriera el desastre, seguramente no muchos, porque cuando eres niño el tiempo pasa distinto y los años parecen océanos, viajes entre galaxias. Por esos mismos tiempos Raistlin conoció, paralelamente, a otros forajidos con los que yo tenía tratos desde la tierna infancia: el Maestro Ninja Gara y Tarnus. La explicación está en que en los 80 y 90, en Springfield, éramos un puñado, y teniendo los mismos pasatiempos, te acababas encontrando. Aquello ocurrió delante de la recreativa del Mortal Kombat en el bar de la Marina, pero esa es otra historia que trataré en otra entrada para no extenderme. Lo que más recuerdo de aquella época es que Charli de Gante pero sin Gante se despeñó un día con Tarnus y el Maestro Ninja y otros por unas rocas en Punta Estebanot, que es un promontorio accidentado en medio de una playa. Vendieron la moto de que había muerto de la caída. Al final descubrimos que había resucitado como una especie de héroe del heavy metal.

Pero bueno, a lo nuestro. Raistlin nos estafaba, hasta el punto de que yo le puse por sobrenombre, ‘El Estafador’. Solía embaucarnos diciéndonos que poseía tal o cual consola, que tenía los mejores juegos del momento, que su vida era color de rosa, mientras yo tenía que conformarme con la morralla infecta del Spectrum +3. Por eso supongo que aquellos momentos corresponderían a principios de los 90, cuando todavía no había aparecido la Super Nintendo. Quizás el Maestro Ninja pueda aportar más datos. Pero nosotros le pedíamos a Fistandantilus que nos subiese a su casa a ver esos juegos superguapos, y él siempre daba largas. Extrañeza, sorpresa… dudas. ¿Tendrá realmente los juegos de los que presume? Al principio fue expectación, luego dudas… luego odio. De hecho un día alguien subió a su casa, no sé cómo ni por qué, y dijo que solo tenía una patética Atari, que era una consola de cuando los romanos. Nos está estafando, pensábamos. Nos toma por gilipollas. Merece un castigo, acabamos concluyendo. Por aquellos tiempos ya había mucho descontento con él: se despedía de Tarnus, Maestro Ninja y compañía porque decía que tenía que ir a casa a hacer deberes o vete a saber; los otros le seguían a escondidas, y resulta que quedaba con otros amigos, Chispún, Iñaki, Carachiste y otros. Aquello no podía quedar sin la debida medida punitiva. Así era la justicia en Springfield en los años dorados de nuestras infancias. Primero empezaron a meterle cartas en el buzón simulándolas del club Nintendo, que por aquel entonces triunfaba entre los infantes; eran cartas insultantes y difícilmente edificantes. Yo creo que redacté alguna, para mi inquina. Pero tal pena era insuficiente.
El castigo llegó por mano de un personaje del que ya he hablado, Roberto, que fue bien conocido también y de alma rolera, y llenó páginas, cantares y hasta inscripciones en el frontispicio de templos por aquellas eras. Habíamos jugado con él al Heroquest, era mayor que nosotros y bastante personaje. El caso es que cansados de la estafa, pensamos en castigarle con dolor, que es como se hacían las cosas antes en Springfield en los 90. Yo contribuí de la forma más chacal posible, como un auténtico Iscariote con galones y medalla de honor al más hijodeputa, que fue diciéndoles a los malvados dónde encontrarle y a qué hora: a la salida de la particular de inglés. El caso es que cuando salimos, yo me encontré con la brigada del dolor, hablé con ellos y me fui para casa. No estuve presente en la ejecución de la pena, y fui informado al día siguiente, cuando me arrepentí, pero no me ahorqué como Judas, si no, no estaría escribiendo esta confesión.
El día de la punición
Total, que Raistlin salió de particular y se juntó a otro chaval (¿quién era?, necesito ayuda Maestro Ninja) pero los lobos le siguieron goteándoles el colmillo, ahora ya sin esconderse: eran el Maestro Ninja, Tarnus, Roberto, y algún otro. Al principio temor del perseguido, luego entablaron negociaciones, parecía que todo estaba resuelto, pero nada de eso, ensoñaciones. Fueron a una playa asquerosa y artificial que hay en Springfield, por donde un desagüe cruza vertiendo aguas no sé si limpias o sucias, creando un surco hasta el mar. Todo este agua forma un charco verduzco y nauseabundo donde bien podría vivir una criatura alienígena de muchos tentáculos, y por encima pasa un puente de madera. El caso es que el pequeño riachuelo creaba arena reseca cuando bajaba el nivel del cauce, y se formaban terrones de escasa consistencia. Con cierto desdén y no poco desprecio, empezaron a bombardear a Raistlin y su acompañante a terrón limpio, pero era un juego inocente: los terrones se rompían al golpearte, y no causaban dolor. Aquí vino el desenlace de la historia.

Porque se comunicaron a terronazo limpio, de un extremo al otro de la playa, con el surco en medio, sin deseos demasiado malévolos. Pero quiso la providencia que Roberto echarse mano a un terrón que no era terrón, sino morrillo* de los buenos, de los de cantera, y lo lanzó con tanto éxito que acabó en tremendo impacto en el cráneo de Wolframius, con la consiguiente y sangrante escalabreta*. Al principio le dio con tanta fuerza que lo tumbó inconsciente, descalabrado*. Sorpresa de todos, qué terrón más raro, pensaron en sus mentes infantiles. Luego toma de conciencia: casi nos lo cargamos. Le acompañan a casa, con el casquete manando sangre en abundancia. Madre enfurecida, hermano fuera de sí. Recordaban las malignas argucias con las que lo habían atormentado semanas atrás. El hermano empezó a castigar a Roberto a patada limpia, el otro lloraba y se humillaba, intentaba excusarse, sin éxito. Todo un tremendo despropósito. Ya al cuidado de los suyos, el comando del mal se dispersó, mañana será otro día, pensaron.
Al día siguiente me lo contaron a mí en la Pista. La Pista es como llamábamos al espacio donde íbamos de recreo los mayores de las escuela (mayores significaba, igual, entre 10-12 años), un par de canchas de baloncesto y un campo de futbito, en los límites de la civilización. Nos separaban de los pequeños porque éramos salvajes. Los maestros que vigilaban allí que no nos pegásemos no se acercaban mucho, y los más calaveras fumaban cigarros, corrían sin destino, se pegaban ocasionalmente. Allí se han jugados Círculo épicos, Peces mortales, Botijos sangrientos, Sota Caballo y Rey con ostias como panes, allí se han peleado titanes que temblaba la Tierra (un día escribiré sobre los juegos del dolor infantiles, aparte del Círculo, que ya tiene entrada). Luego construyeron un polideportivo en la Pista, pero da igual, a los niños los han amaestrado tanto que ya no son peligrosos, los puedes poner a todos juntos. El caso es que los bandidos vinieron con mucho misterio y contención, asustados del desenlace de aquella tragedia, y me lo relataron con un 100% de IVA, que es lo que yo hoy os transmito a vosotros, pecadores.
Luego nos volvimos a hacer amigos de Raistlin y jugamos a rol con él hasta aburrir a las musas, pero la historia bien merece recordarse, cantarse en verso y hasta filmarse, si algún director de cine estuviese interesado por las cosas realmente importantes del mundo. Yo poco más puedo decir. FORTUNA IUVAT AUDACES, ala, a pastar.
*Escalabreta se dice en Springfield para hacer referencia a una brecha en la cabeza. De la misma manera, descalabrar es provocar una escalabreta. Descalabrar sí existe en el diccionario, cabrones.







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