El dolor será solo pasajero (I) Pasatiempos al límite.

Nuestros pasatiempos cuando quedábamos con amigos eran bastante límite. Los mayores no solían aprobarlos, pero por supuesto no hacíamos caso a esos pelmas. Aquí dejaré cumplida noticia de aquella verdad, y el que no se la crea, que se vaya al infierno. Yo tengo muchos testigos que todavía están vivos, aparte de que vi todo esto con mis propios ojos.

Los julumpios

Cerca de mi casa había unos columpios en una zona verde, todo ello bastante roñoso y poco recomendable para la infancia, pero íbamos igualmente, y no recuerdo que ninguno pillase tétanos. Para que se vea el nivelazo que había en Springfield, los viejos no decían ‘columpios’, sino ‘julumpios’. La Ilustración pasó de largo en nuestra amada localidad. Veamos algunos ejemplos de la utilidad de los julumpios.

Los sube-y-baja de hoy están blindados contra accidentes. Mirad los neumáticos, mirad la solidez de la estructura, todo de madera para evitar la herrumbre… Los que yo conocí cuando era niño eran trampas mortales.

Allí había un sube-y-baja diabólico que nunca podríais imaginaros: tan roñoso y podrido, que acabó partido en dos, de manera que solo quedaba medio julumpio, la otra mitad había desaparecido. Eso permitía darle nuevos usos al invento. Estos sube-y-baja tenían bajo el asiento una especie de pie de metal, con la envergadura de un vaso de tubo más o menos y que acababa en una punta no aguda, pero sí del grueso de un cuello de botella, que se apoyaba en el suelo de tierra. De mucho uso, horadaba el suelo, creando algo así como un socavón de unos centímetros de profundidad. La idea de los niños, para darle buen uso a la máquina, era volcar el julumpio hasta el otro lado (recordemos que solo quedaba la mitad), colocar un muñeco de algún tipo en el hoyo y, con todas las fuerzas, lanzar el julumpio con violencia para que el pie metálico reventase al muñeco desafortunado. Hubo un día que se produjo una desgracia con heridos, pero sin muertos. Unos niños springfieldianos de pro, algo mayores que yo, introdujeron en el socavón un muñeco de Spiderman dispuestos a reventarlo de una ostia. Pero algún niño, emocionado por lo que iban a hacer, ciego de entusiasmo, lanzó el julumpio con toda su garra cuando el otro todavía estaba colocando al malogrado hombre araña y ¡zamba!. El resultado, os lo podéis imaginar: el pie del julumpio le dio tremendo ostión al chaval en todo el colodrillo, y si lo hubieseis visto os maravillarías de lo duro que es el cráneo humano. Resultado: escandalosa escalabreta y niño descalabrado. Algún adulto llegó escandalizado, y lo llevaron rápidamente a urgencias dejando un reguero de sangre. Unos días después el interfecto ya andaba por ahí liándolas como si nada hubiese pasado.

Había un julumpio que llamaban el chino, no sé cómo se llamará en otros lugares, Era una especie de estructura redonda que giraba y giraba como una noria tumbada, y se formaba de un eje clavado en tierra y a su alrededor, adosados, unos bancos para sentarse. La idea era montarse y darle vueltas a lo loco, para pillar un colocón infinito. Creo que vi una vez un chino en un capítulo de los Simpson, en el que ataban a Milhouse y le daban mil vueltas hasta dejarlo zombie. Bien. Pues nosotros nos montábamos en el chino y rodábamos a lo loco, y cuando terminaba de dar vueltas salíamos como de una taberna de puerto, haciendo más eses que un moscón. El chino era un julumpio peligroso, pues si no te agarrabas bien corrías el riesgo de salir despedido. Yo, de hecho, una vez vi un niño salir volando y darse importante ostiazo.

Este fue quizás el julumpio que yo más practiqué, pero esa cestita para meter al niño es actual, cuando aquello no existía. Cuando aquello vivíamos al filo de la navaja. Los mayores tampoco se ponían el cinto para conducir, fumaban estando tu dentro del coche y a veces llevaban media cogorza y tú detrás tan feliz, en el asiento del medio, situación privilegiada para comerte la luna si había frenazo o choque. Reconocedlo, los ochenteros nos hemos reído de la muerte.

El último julumpio de aquel feliz parque infantil era uno de estos clásicos en los que te balanceas en un asiento colgado de dos cadenas, unidas a un caballete formado por unas barras de hierro. Había dos asientos, y en ellos oscilábamos hasta conseguir toda la energía cinética posible y, cuando estimábamos que habíamos llegado al máximo, saltábamos todo lo posible para competir a ver quién llegaba más lejos. Oí que una vez hubo alguna rotura de algo, a algún chaval se le quitaron las ganas de volver a intentarlo, pero a mí nunca me pasó nada y conservo bonitos recuerdos.

Lo mejor de todos estos accidentes sin muertos es que cuando te ibas de allí hacías borrón y cuenta nueva. Llegabas a casa después de que llevasen al accidentado a urgencias, habías visto sangre y a un niño llorar a grandes gritos, tumulto, algarabía, madres gritando, ambulancias, abuelas haciéndose cruces, la cara más perversa de la vida; llegabas a tu sofá con parsimonia, te sentabas con la merienda, un bocata de nocilla, un colacao con bizcochos o un bocadillo de foagrás, y te ponías a ver los Caballeros del Zodíaco. Como si no hubiera pasado nada. Dios mío quiero volver a esos días.

Debo añadir, también, que los julumpios de hoy en día los hacen para viejas artríticas. Suelos acolchados, julumpios anti-accidente, sin esquinas ni nada que pueda causar dolor ni desgarros. En otra entrada hablaré de los julumpios que había en mi escuela, trampa mortal que ya no existe, pero donde todos acabamos arrastrando la cara por gravilla, porque encima éramos osados (tirarse de cara, de espaldas, y otros mil disparates, dignos de eterno nombre y escritura). Como decía el inigualable Irenicus, ‘el dolor será solo pasajero’.

Las modas

En la escuela también había modas. Seguro que todos conocéis las modas: que si canicas, que si trompas, los cromos… no sé quién iniciaba esas tendencias, no creo que fuesen los niños, seguramente tiendas y vendedores que querían sacarnos los cuartos. En Springfield también existía el hinque, que era una varilla de metal con cierto peligro que se lanzaba y se clavaba en el suelo… hay historias bastante terroríficas con los hinques, no quiero convertir mi entrada en una sucesión de desagradables accidentes… Pero yo apenas conocí el hinque, yo fui de canicas y trompas, muy rara vez yo-yos. Y la verdad es que el juego de las canicas nunca lo comprendí, pero la gente era muy devota, los que eran buenos les ganaban todas las canicas a memos como yo. Me gustaba más la moda de las trompas.

Peonza estándar que Hamanu podía partir de un ostión sin despeinarse.

Porque cuando hablamos de trompas, había un maestro incontestado temido por todos los infantes como si fuese el mismísimo Atila: Hamanu de Urik. Hamanu gastaba una trompa del tamaño de un satélite ruso. Las trompas eran de madera, de distintos tamaños y ligereza y, como sabéis, se enrollaban en un cordel atado al dedo, se lanzaba y de un estiloso tirón, ¡zaca! se ponía a girar frenética. Los que eran buenos la montaban en la palma de la mano y la trompa seguía bailando. Pero tenía otros usos, de los que Hamanu era un Miguel Ángel sin rival, el teniente general sin contestación. Creo que la trompa de Hamanu tenía una punta especial, algo así como más afilada y reforzada, para joderles la peonza a otros niños. Lo que hacía Hamanu era lanzar con toda su mala baba, no lanzar, golpear con su invento otros más endebles y efímeros, y de la ostia que le daba les rompía la peonza a otros niños como si fuese un misil de Putin, o les abría un boquete que la dejaba inservible, de modo que acababan llorando o retirándose indignados, con sus pedazos y su honor ultrajado. Hamanu presumía de su poderío, al final ningún crío quería tirar la trompa con él, porque el cabrón iba a matar. A mi nunca se me dio bien, a mi nunca se me han dado bien estas cosas que requerían habilidad y carisma en parecidas medidas.

Los cromos eran también una sensación, a veinticinco pesetas el sobre, te venían diez o así, qué emoción comprarlos. Los hubo de todo tipo: series de televisión (V), fútbol, dinosaurios (Jurassik Park), la Pandilla Basura, y mil mierdas más para sacarnos los duros. Los mayores (mi abuela) los llamaban ‘santos’, ahora yo también los llamo así. ‘Dale cinco duros al niño para que compre santos’, decía mi abuela (un duro eran cinco pesetas). Luego te comprabas el álbum e ibas colocando los santos en su lugar, pero no era fácil llenarlo. Intercambiábamos en la escuela para conseguir los que nos faltaban, y deshacernos de los repes. Una vez había un fichaje del Athletic de Bilbao que era dificilísimo de encontrar (¿Karanka?), y el Maestro Ninja y yo intentamos hacer un fraude con otro santo, para estafar a algún incauto como que podíamos cambiarlo, yo que sé, a cambio de otros cien de menor valor. Pero fuimos descubiertos, y no hubo trueque.

Los últimos años de la escuela hubo otras modas, pero a mi ya me pillaron muy de refilón y casi no sé en qué consistían. Yo había madurado, ya no jugaba con He-Man y Skeletor, ahora montaba el castillo de Playmóbil y les ponía armaduras a los Caballeros del Zodíaco. En los últimos cursos de EGB hubo una especie de estampitas que llamaban tazos y venían creo que en paquetes de chetos o no sé qué mierdas, pero nunca jugué a ese engañabobos.

Las recreativas

Solo la forma y los colorillos ya eran sugerentes. Para un niño, lo más parecido a un zorrón malayo en minifalda y pintada como una puerta para uno de veinte.

O máquinas de los bares. Ese era un tema más delicado, porque lo mayores nos reprimían, pero es tan interesante que haré una entrada solo para ellas, pues bien merece que la memoria de aquellos hechos se grabe en bronces, esculpa en mármoles y se escriba en filigrana de oro en las bóvedas del universo. Paciencia, que todo llegará. De momento recordad: el dolor será solo pasajero.

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