El dolor será solo pasajero (II) Juegos salvajes.

La vida de un niño en Springfield en los 80 era bastante violenta. Hamanu me escribía el otro día sorprendido de que no muriese ningún niño en la vorágine de furor, exceso y ensañamiento en la que crecimos, y haciendo memoria no recuerdo ningún fiambre provocado por nuestras embrutecidas riñas, aunque sí hubo algún cadáver del que no tuvimos culpa los santos inocentes.

Juegos salvajes

En este blog he anotado alguna vez, para vergüenza de mi generación, un juego ultraviolento que ya no se juega pero que fue de lo mejor que pude ver en mi vida: el Círculo. Pues bien, había otros juegos salvajes para elegir, el Círculo era quizás el más extraño de presenciar, también puede que por el alto nivel de heridos cuando terminaba. Había más, pero desconozco sus nombres, y los más célebres eran el Pez (quizás el más jugado), el Botijo (bastante común), y el Sota-Caballo-Rey (raro). Es posible que en otros lugares estos mismos divertimentos tuviesen otros nombres. Lo que tenían en común los tres es que de alguna manera recibías ostias.

Cuando buscas en Google ‘juegos de niños’ te sale esta gilipollez de imagen, todos alegres y felices. Esfuerzo inútil para maquillar la maldad innata de los niños: yo viví mi infancia con una enorme ansiedad, siempre amenazado por compañeros, juegos violentos, castigos infantiles brutales…

El Pez era un juego divertido, pero yo siempre intentaba pasar desapercibido, para no verme implicado en las ostias. Se hacían dos filas de chavales, unos frente a otros dejando un pasillo en medio, por donde debía pasar un infeliz. Este, antes de empezar a pasar, debía decir ‘Pez’, y si no lo hacía después explicaré el castigo. Mientras pasaba, se le pegaban tobas (esta palabra no está incluida en el diccionario, pero tiene el mismo sentido que ‘pescozón’, golpe que se da con la mano en el pescuezo). La clave del pez es que el punido no te viese hacerlo. Si te veía, te la quedabas tú. Creo que el último pez que jugué (ya éramos mayorcitos, 15 o 16 años) fue por inducción de un profesor de gimnasia, y el primero que se la quedó fue Botijo Mayor. Le teníamos tanto respeto que nadie le pegaba, y él llegó a decir: «¡Eh! ¡Podéis darme, que luego no me voy a vengar!». Vale, si pasabas todo el pasillo y no habías visto a nadie darte la ostia, dabas al final media vuelta y otro paseíllo, hasta que vieses a alguien. Pero si se te olvidaba decir ‘pez’, ¡oh Dios mío! Estabas jodido. Alguien que se había dado cuenta lo decía a grandes voces con entusiasmo y todos festejaban. Tenías que cruzar el pasillo corriendo, y todo el mundo podía pegarte sin miramientos, pues ya no había posibilidad de quedársela ni tenías que esconderte, eso sí, sin abandonar tu puesto. Hubo épocas en la que esta ley terrible se suavizó, impidiendo poner zancadillas o dar patadas. Pero yo vi paseíllos supercrueles, en los que no hacía falta zancadillear para que el condenado acabase en el suelo, bastaba con dar golpes contundentes en la espalda u otro tipo de puñetazos para que cayese al suelo y, una vez ahí, linchamiento. Puñetazos, patadas, pisotones, de todo. Lo mejor era hacerse una bola, recibir hasta que se cansaran o llegase un adulto, y a otra cosa. No era raro que algún adulto cercano acudiese, por el griterío y barahúnda que causaban los aprendices de chimpancé. Podría mencionar nombres de inocentes ajusticiados de esta manera, pero no quiero hacer sangre. Solo uno: creo que a A. C. le cayeron un millón de ostias en más de una ocasión. Eso contribuyó a que se quedase más tonto aún.

Cuando yo era niño y escuchaba ‘botijo’ no venía esto a mi mente. Más bien me ponía en guardia… podía llegarte la ostia por cualquier lado.

El juego del Botijo ocupa un lugar especial en mi corazón. Yo tampoco jugué mucho (yo era muy prudente con estas cosas, ya lo estáis pensando), pero a veces no podías evitar recibir, porque nadie te preguntaba si jugabas o no. Yo creo que en el Botijo cobraban hasta las tías, cosa no muy habitual. Ellas estaban ahí, saltando a la comba o haciendo los recorridos esos a la pata coja por casillas pintadas con tiza y llegaba a lo loco el del Botijo y ¡zamba! pelotazo. El juego no tenía reglas, o solo una: un balón en medio de la pista donde estaba toda la infancia disfrutando el recreo, la misión era estrellar el balón (chutando, sin usar las manos) contra otro niño, causando el máximo dolor posible. Pero lo más emocionante es que a nadie le preguntaban si jugaba o se mantenía al margen, tú ni siquiera manifestabas participar, te podía llegar de cualquier lado sin siquiera saberlo. El tío del balón iba corriendo sin rumbo, llegaba hasta su víctima y ¡zaca! pelotazo. Después de descargado el misil, el balón lo pillaba otro y repetía la operación. Cuando sabías que había Botijo tenías que tener los ojos muy abiertos por si se acercaban, pues nadie te avisaba de que te iba a pegar un balonazo en los webos a traición. Los niños en Springfield estábamos bastante acostumbrados a no bajar la guardia nunca por nada. En el Botijo no había ganadores ni perdedores, solo algunos que se llevaban el pelotazo y los que se partían de risa si te veían sufrir.

Sota-Caballo-Rey tenía un poco más de sofisticación. Se podía jugar con cualquier pelotita papel o de otra naturaleza, eso daba igual. Grupo de niños reunido, el de la pelota la lanza al aire y le da un toquecito mientras pronuncia «sota». Otro niño alcanza la pelota sin dejarla tocar el suelo y la levanta de nuevo de otro toquecito, dice: «caballo». La pelota sigue por los aires, y un tercer infante tiene que lanzar el «rey». Pero ahora viene lo importante: al tocar el «rey» debías dirigirlo contra alguien para que la pelota le diese. Aquel al que le pegase el rey se la quedaba, ¿qué significa eso Friktor?, me diréis. Pues que tenía que salir pitando hacia un objeto o lugar que era determinado como ‘casa’ para salvarse, y tocarlo con la mano; normalmente a varios metros para que no fuese tan fácil llegar: podía ser una papelera, determinado portal, incluso una persona. Entre que te pegaba la pelota y tocabas la casa todo el mundo podía pegarte sin problema. Y cuidado con caerse, porque si te caías antes de tocar la casa podían seguir inflándote a ostia limpia en el suelo. Y os prometo que yo vi linchamientos de chavales en el suelo a cuenta de ese juego, y yo también me comí buenos plastazos en su día.

Costumbres barbáricas

Terribles castigos amigos. Esta imagen ponía ‘tortura de la inquisición’. Por supuesto, la inquisición española nunca hizo nada parecido, este dibujo es una chufa y los dominicos no llevaban esos gorros ridículos. Pero en Springfield si hacíamos barras, lo reconozco.

Un castigo terrible que aplicaban unos niños a otros era la ‘barra’. No sé muy bien por qué te sometían a esta pena, normalmente se lo hacían a chavalillos taimados que no se defendían mucho. A mi nunca me la pudieron hacer, pues pateaba y me revolvía como loco, y no había manera. La ‘barra’ consistía en coger al infeliz entre varios malvados, levantarle, tirar para abrirle las piernas, dirigirse a una puerta a falta de algún poste de madera o metal, y entre todos reventarle los webos de varias embestidas contra el canto de la puerta o el susodicho poste. Yo creo que este era el castigo más cruel, pero en mi clase casi nunca lo hicimos, porque era mucho nivel. La clase de mi hermano Hamanu era distinta. Eran más mayores, por tanto los genes springfieldianos estaban más frescos, y eran capaces de eso y de mucho más. A algún chaval que no nombraré le partían los webos con cierta frecuencia, y llegó a rumorearse, a hablarse, a murmurarse, que a un chaval le tuvieron que extirpar un cojón después de una ‘barra’, porque se le había necrotizado.

En mis tiempos recuerdo a Chaqueta Mayor por el recreo repartiendo ‘anestesias’. ¿Qué era eso? Os preguntaréis… consistía en pegar un puñetazo con todas tus fuerzas en el hombro de un chaval buscándole el nervio. No sé si alguna vez os habéis dado un golpe y habéis tenido una sensación como de calambrazo por el brazo. El punto exacto está unos centímetros por debajo de la parte más alta del hombro. Chaqueta apuntaba, con la sonrisa en los labios, y ¡placa! Ostión, flexionando el dedo corazón para que el extremo huesudo te entrase bien en el músculo. Si acertaba, te dormía el brazo de la sacudida, si no, pues te ibas con un buen moratón y a otra cosa. Yo una vez invoqué una ‘anestesia’; estaba con otros niños y les dije: ‘he oído que Chaqueta está repartiendo ‘anestesias’, tened cuidado’. Iluso de mi, Chaqueta estaba justo detrás mío, me dijo: ‘¿así que quieres una anestesia?’, me sujetó, tomó posición, y ¡plasca! me endiñó tremendo ostión. Lo recibí con resignación, por bocazas.

Algunos pensaréis a qué venía tanta violencia, siendo los niños angelitos sin culpa. Debéis saber que el ser humano nace siendo una bestia y si no recibe la adecuada educación seguirá siéndolo siempre. Eso del buen salvaje de Rousseau es una chufla, los buenos salvajes de la Micronesia robaban y mataban a los exploradores europeos si los veían en inferioridad. Toda esta gente que nos pegábamos y jugábamos como bárbaros ahora somos hombres de bien, pero porque nos corrigieron los mayores. Más miedo me dan los chiquillos de hoy en día, que les dejan hacer lo que les sale de los webos y si los abroncas eres un fascista. Así que acaban pegando a los padres. Los chimpancés son los animales que más se parecen al ser humano, pero es imposible tener a diez chimpancés en una sala diez minutos sin que se maten horriblemente, se saquen los ojos, se arranquen los brazos. Yo no digo nada.

Si algún día me acuerdo de más felices hábitos de la tierna infancia, volveré a contároslo.

2 respuestas a «El dolor será solo pasajero (II) Juegos salvajes.»

  1. En Sevilla al Pez le llamábamos mosca, y tenía las variantes muda e inmóvil, y el sota-caballo-rey 1-X-2, pero básicamente eran los mismos juegos

    1. Gracias por tu respuesta Pablo, está visto que el salvajismo estaba muy extendido por aquella maravillosa España.

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