Uno de los recuerdos más vívidos de nuestras infancias es el de las recreativas, las ‘máquinas’ como las llamábamos en aquellos tiempos anteriores a que los océanos sumergieran el Atlantis. ¿Qué podía haber más estimulante para un mocoso hiperactivo que aquellos dispositivos que lanzaban lucecitas y producían soniditos variados. Si no os lo creéis, ponedle un iphone en las manos a un niño hoy, da igual los años que tenga (entre 0-10). La tecnología audiovisal es la adicción favorita de los infantes.

Pues bien, en aquellos tiempos remotos casi todos los bares se dotaban a una ‘máquina’ para atraer niños, pero también proliferaron las ‘salas de juegos’, donde se juntaba la juventud de cierta edad (13-18 años) como centro de reunión a hacer vida social, quedar con los colegas, ligar con tías, quemar máquinas (el verbo predilecto para expresar el jugar a una máquina era ‘quemar’). Pero para quemar una máquina hacían falta algunas pesetas en el bolsillo, al menos 25 pesetas (unos 15 céntimos de euro). Si eras bueno, la partida te duraba, si no, podían liquidarte en un minuto. Hacían falta más pesetas. Si tenías 20 duros (100 pesetas, 60 céntimos) eras un privilegiado; si tenías un doblón de 500 pesetas (3 euros), uffff, eras dios: te daba para refresco, gominolas, chetos, gusanitos, invitar a un colega, y quemar bien unas máquinas. Y todavía te sobraba. A los que sois milenials os digo: no sabéis cuánto nos han robado con el euro.

La pelea con el troll. No solía pasar de aquí en el Dungeons&Dragons si iba solo. Había que quemarle con fuego cuando le tumbabas, yo me ponía nervioso y confundía los botones.

En Springfield hubo varias salas de juegos, dependiendo también del momento. Las que más importancia tuvieron en mi pecadora vida fueron el Sputnik y la Dársena, en cierto momento también la sala Game. El Sputnik sin duda la que más, pues era el refugio para todos los que nos ausentábamos en las clases en el instituto, un período que en mis caso media entre los años 1996-2000. Y aún así, como veis, sé escribir, así que el ser un bala no significa ser un analfabeto. Aplicaos el cuento. Pues bien, para esas fechas yo ya tenía una larga biografía de asombro y adoración por estos becerros de oro de forma vagamente paralelepípeda, llenos de colorillos, lucecitas e historias que contar llenas de emoción para los maleantes de aquellos tiempos: peleas (Final Fight, Cadillacs and Dinosaurs); rol (Gauntlet, Dungeons and Dragons, King of Dragons, Rastan), carreras (Out Run), torneos de hostias (Street Fighter, Tekken, Mortal Kombat… infinidad). Había miles más: matamarcianos, beat’em up, campeonatos de motos, de coches, de todo; deportes (fútbol, golf, baloncesto)… ni sé. Cuando era muy niño no me daban pesetas para jugar, me conformaba con mover los mandos todo flipado y mirar la pantalla, aunque no ocurría nada. Luego, cuando era más mayor, ya pude meter los cinco duros y jugar, aunque en muchas máquinas me liquidaban nada más salir. Pero lo mejor es que cuando ibas a quemar máquinas estabas allí con mucha gente, con colegas, con tías, con un sinfín de personajes, y no en tu puta habitación aislado como un orco. Maltratando tu cuerpo con una coca cola o un cigarro, evadiéndote de tus responsabilidades.

Altered Beast, la primera recreativa de la que tengo recuerdos. Parece cutrilla ahora, pero yo me flipé mucho la primera vez que la vi. Ahí está matando zombies a patadas.

Creo que la primera máquina que vi y me impactó positivamente fue el Altered Beast (al loro, 1988), no fue en Springfield, quizás en un camping. Otras máquinas pasaron por mis ojos, aunque solo guardo vagos recuerdos: Out Run (ya lo había comentado), una de marcianitos que había en un bar y que seguro que el Maestro Ninja conoce, uno que llevabas un helicóptero, Final Fight, ¿Double Drgon? Uno de los momentos más trascendentales en mi vida maquinera fue cuando, en el bar de la Marina, creo que con el Maestro Ninja, Tarnus y quizás también Wolframius Rostrum, vi como, en el Mortal Kombat, Raiden le explotaba la cabeza a no se quién en el fatality. Aquello fue un antes y un después. Nuestros ojos se llenaban de violencia con aquel inocente jueguillo, en el que cada puñetazo hacía saltar litros de sangre. Yo igual tenía diez años. Recuerdo que unos tíos míos me vieron mirando la máquina (yo no tenía dinero para jugar, pero tampoco sabía jugar, los maestros eran otros), y se lo fueron contando a mis padres. En aquellos tiempos, para niños como yo, andar entre recreativas era de yonkis y hampa que se movía por bares, tugurios y puticlús. Mal asunto. Me dijeron que no volviese, pero no tardé mucho en orbitar en torno a otras máquinas, entre otras cosas porque el Maestro Ninja era mala influencia. Cuando me fui haciendo mayor esas cortapisas fueron desapareciendo, a medida que ganaba libertad.

King of Dragons, clasicazo donde los haya, muy jugable todavía hoy en día. Si no conoces este juego no tienes vida.

En mis tiempos de instituto, como ya he comentado, todo cambió. Metíamos muchas horas en el Sputnik, menos en otras salas de juegos. Las máquinas, además, cada vez eran más guapas, así que el paraíso se abría ante nuestros ojos. En aquellos tiempos quemábamos el Dungeons and Dragons, experiencia religiosa; el Cadillacs and Dinosaurs, una de mis favoritas; el King of Dragons, una de las primeras; Lightbringer y mis piras cuando me salían buenas partidas… y también las de torneos de peleas: Street Fighter, Tekken, había otras que no recuerdo. La llegada del Street Fighter fue otra revolución, todos flipábamos con aquella máquina, las colas para jugar eran infinitas, ¿cuándo llegó este juego eterno a nuestras vidas? ¿1994, 96? Me gustaba mucho una máquina de golf, pero ya no recuerdo el nombre. Un día. en una partida de esa máquina de golf, el terriblemente feo y subnormal A. C. vino a joderme con sus amigotes, en plan mierder, y yo le dediqué hace tiempo una entrada entre las personas de las que tengo que vengarme. A. C., eres un hijodeputa, siempre lo has sido, es una pena ser tan deficiente. Devuélveme mis cinco duros, ladrón.

Pero la vida de las recreativas estaba llegando a su fin, y la existencia de las salas de juegos tenía los días contados. Durante mucho tiempo las recreativas tuvieron que convivir con la Super Nintendo y la Mega Drive, pero tiraron para adelante bien. La llegada de la Play Station y, sobre todo, la Play Station 2, fue un golpe crítico, pero no desaparecieron definitivamente hasta la aparición de internet, momento en que las salas de juegos pasaron a la historia. Esa nueva forma de ocio, que puede satisfacerse en la propia casa de uno, nos empuja al individualismo y a la soledad. Eso es mucho peor que frecuentar bares, puticlús y tugurios de mala vida, los que pateamos en nuestra infancia buscando las maravillosas máquinas que tenían la facultad de juntarnos a los flipados para comentar y disfrutar de ellas en grupo.

Todo tiempo pasado fue mejor, especialmente en la España del siglo XXI.

2 respuestas a «Recreativas de los 80 y 90»

  1. El verbo era «viciarse» o «echar una viciada»
    El vicio siempre estuvo presente

    1. No recuerdas otras recreativas de aquellos años? Recreativas que fuesen importantes en nuestras vidas, haz memoria…

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