El otro día recordé una anécdota de cuando iba al instituto, protagonizada por un señor que fue profesor nuestro y ya falleció, llamado Benito Martín, que gracias a Dios a mi no me dio clase, porque todo decían que era muy duro, y a mi la lengua siempre se dio espantosamente mal. Los idiomas en general: malhablo el inglés y llevo toda mi vida intentando aprender francés, y siempre estoy en primero. Para que me entendáis.

Aquella anécdota tuvo lugar en clase de Tecnología. Era una de las clases más basurientas de aquel año; creo que no aprendí nada en aquel aula. Y no digo que la tecnología no tenga interés, claro que lo tiene, pero el profesor y la manera en que nos enseñaba era mierda. Se llamaba Nicolás, pero nosotros le llamábamos Niko. Hace pocos años volví a verle, más viejo y deteriorado por aguantar a los maleantes; cuando yo le conocí era un tipo joven y fresco. Nosotros empezamos a deteriorar su cordura.

Niko era un tipo extremadamente suave y dócil, podíamos liarla tremendamente en clase y le daba igual. En su clase fue donde Koldo intentó suicidarse saltando por la ventana, y fue salvado in extremis por el Mono; con Niko, yo hice algunas de las insolencias más grandes de mi vida estudiantil, porque el papanatas lo permitía: ir a clase, que pasase lista y, después, nos acercábamos subrepticiamente a la puerta y, cuando bajaba la guardia o se daba la vuelta, nos pirábamos al Sputnik. Y no me creo que no se diese cuenta. Le daba igual. Las clases de Niko eran insoportablemente aburridas, por eso nos pirábamos.

Pues bien, un día, no sé qué mosca le picó, y, por alguna movida que yo hice y no recuerdo, me dijo: «Víctor, vete de clase». Me expulsó de clase. Seguramente la lié muy gorda, pues no solía tomar medidas punitivas de tanta trascendencia. Si Txelo de Castro o Crom seguían dentro, es porque no se dio cuenta de que ellos también la estaban liando, era muy raro que yo fuese castigado y ellos no. Bien, pues yo salí de clase, y me quedé en el pasillo, recurriendo a una picardía de mi cabeza que esperaba me fuese benévola. Y esto es así, porque, cuando te echaban de clase, tenías que ir ante el jefe de estudios, que te reprimía aún más y podía llamar a tus padres, pero yo me dije: «Me ha dicho que me vaya de clase, no que vaya al jefe de estudios, así que salgo de clase y ya está». Bien, me quedé en el pasillo esperando a que se acabará la asquerosa clase.

De pronto, alguien viene caminando por el pasillo. Horror. El seminario de lengua española estaba justo al lado, ¿quién sería? Venía sin duda en esa dirección, podía ser un profesor blandito de lengua de los que había, y nos choteábamos de ellos; o podía ser Benito. Eso eran palabras mayores. Benito era un tipo duro, un profe de los de antes, que leía el periódico y fumaba en clase. Tenía voz de trueno, y destruía con la mirada. Era doctor en filología; si te soltaba una reprimenda, no te quedabas mejor que si te martillasen en un yunque. Así que, por si acaso, me escondí detrás de una puerta abierta, metiéndome sigilosamente y haciendo como un loco tiradas de discreción. Pero no hubo suerte aquel día: de pronto, alguien mueve la puerta para desenmascararme, dejándome al descubierto, mientras trataba de esconderme como un patético, con cara de culpable. Y lo peor de todo: delante mío, Benito.

-¿Qué hace usted aquí? – me dice.

-Me ha dicho el profesor que salga de clase – digo yo, tragando saliva, intentando aminorar mi culpa con palabras suaves.

-Entonces debería ir usted donde el jefe de estudios – continua Benito – no puede haber nadie por los pasillos en horario de clase.

-Me ha dicho el profesor que salga de clase, no que baje a donde el jefe de estudios – contraataco yo, esroscando mi culpa en las palabras literales de Niko, para protegerme. Y me dice Benito:

-Cuando se expulsa a un alumno del aula no puede quedarse por los pasillos. Debe bajar al jefe de estudios – muy serio y correcto, tanto que yo me cago por la pata. Luego remata – Ahora que, por mi, puede usted hacer lo que le salga de los cojones.

Y siguió caminando hasta el seminario, tranquilamente. Sacó las llaves, abrió, y ese día no le volví a ver. Quedé paralizado, pero nunca olvidaré ese final apoteósico con la palabra «cojones», que había olvidado, y que el otro día recordé. Yo sé que, en alguna ocasión, no sé si ese mismo día, le oí decir que cuando Niko estaba en el aula de tecnología, se escuchaba mucho alboroto. No podía imaginarse Benito, un tío con el que nadie tosía en clase, las peloteras que se montaban con Niko en clase, donde nadie escuchaba al profesor y él se veía incapaz de poner un mínimo orden.

Y sobre este recuerdo hubo otro, no menos caro a mi corazón, que siempre me gusta recordar, pues en él estuvieron presentes tanto Benito como mis buenos amigos, Crom, alias Bognar y Txelo de Castro. Era un día entre clases, creo que 4º de la ESO, tremenda pelea organizada: todos contra Crom y Diego B. Es decir, toda la clase a pegar a los dos héroes homéricos de las ostias, en caótica pelea multitudinaria. Nada en la historia ha sido igual a aquello, solo, quizás, la discordia del campo de Agramante que describe Cervantes en la primera parte del Quijote. Es tan delicioso y describe tan bien lo que yo vi, que merece la pena dejar aquí noticia:

La discordia del campo de Agramante.

«El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por su espada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados de don Luis rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero, viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros; don Luis daba voces a sus criados, que le dejasen a él y acorriesen a don Quijote, y a Cardenio y a don Fernando, que todos favorecían a don Quijote; el cura daba voces; la ventera gritaba; su hija se afligía; Maritornes lloraba; Dorotea estaba confusa; Luscinda, suspensa, y doña Clara, desmayada. El barbero aporreaba a Sancho; Sancho molía al barbero; don Luis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo porque no se fuese, le dio una puñada que le bañó los dientes en sangre; el oidor le defendía; don Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero, midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor; el ventero tornó a reforzar la voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad… De modo que toda la venta era llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión de sangre. Y en la mitad deste caos, máquina y laberinto de cosas, se le representó en la memoria de don Quijote que se veía metido de hoz y de coz en la discordia del campo de Agramante, y, así, dijo con voz que atronaba la venta:

—¡Ténganse todos, todos envainen, todos se sosieguen, óiganme todos, si todos quieren quedar con vida!»

Don Quijote de la Mancha, I, 33-41.

Pues bien, todo eso estaba pasando en el pasillo, y yo lo veía y no me lo creía, porque yo no peleaba, solo observaba desde un rinconcito la degollina. Vi a Crom levantar a un tío y estamparlo contra el suelo, y no era un suelo mullido de gomaespuma; daría años de mi vida por volver a verlo. Porque, además, recuerdo quién era ese hombrecillo ajusticiado y me caía fatal. También le vi cargar con los brazos abiertos, arrastrar a dos mendas y estrellarlos contra el banco de madera que había en el pasillo, haciendo sus lumbares crujir en traumático sufrimiento. Pero yo estaba paralizado, de tanto como mis ojos estaban disfrutando de aquella definitiva y maravillosa algarabía, del clímax de la violencia. No puede explicarse, faltan palabras en el diccionario, y letras en el abecedario, para expresar el gozo de presenciar aquel desbarajuste irrepetible de dolor y brutalidad que yo contemplaba con pasmo. Y para coronar definitivamente la escena épica, veo de pronto que Benito está a la vuelta de la puerta, acaba de salir del seminario, y se había dado de frente con el despropósito final. Y estaba paralizado, como yo, no se creía lo que sus ojos veían.

Los contendientes, uno a uno, se fueron dando cuenta de que había un profe viendo la escena. Los ímpetus disminuyeron. La cosa se iba serenando. Creo que era Txelo de Castro el que estaba más cerca de Benito, al que se dirigió el gran filólogo cuando la disputa concluyó, dispersándose los protagonistas: unos cojeando, otros doliéndose de los riñones, otros con la cabeza rota. Y dijo Benito finalmente:

-Se supone que esto es un centro educativo.

Y se marchó. No podía expresarse de mejor manera: gracias, Maestro. Benito falleció hace algunos años. Cuando se jubiló, solía verle por Springfield paseando un perrito. Le haría mucho ilusión saber que uno de aquellos mentecatos, el mismo que se escondió detrás de aquella puerta, le trae a su mente en una escena que compara con la disputa del campo de Agramante. Estoy seguro que le haría reír con ello, si pudiese verlo por una rendija. No me cabe duda de que Benito disfrutó mucho leyendo el Quijote, como yo, con todos sus disparates e insolencias, de eterno nombre y escritura.

Le envío un saludo allá donde esté, gracias por no delatarme, Maestro.

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